lunes, 8 de noviembre de 2010

El amor por dos mundos


Talel Cassem Karawi tiene 58 años y desde hace 38 vive en Colombia. Nació en un pueblo pequeño llamado Karaoun, ubicado en el Valle del Bekaa, Líbano. Con miras a buscar un futuro más próspero emigró de su país natal cuando apenas entraba a la adultez. Vivió en Brasil y en Venezuela, pero fueron los colombianos quienes se ganaron su corazón. Particularmente Mónica Name, una barranquillera, también hija de descendientes libaneses, y con quien tuvo tres hijos.

Desde su llegada, él, que además es el Cónsul de Siria en Colombia desde hace 20 años, se ha convertido en un próspero hombre de negocios: tuvo almacenes, se dedicó a la industria inmobiliaria, adquirió una agencia de viajes, un colegio y un hotel, construyó un centro comercial y planea construir otro más, y es dueño de Colinas Al Karawi, una urbanización en Puerto Colombia en donde sueña crear un espacio en donde converjan sus dos mundos: el árabe y el colombiano.

Shadya Karawi Name: ¿Quién es Talel Karawi?

Talel Karawi: Talel Karawi es uno de esos tantos inmigrantes que han llegado a Colombia en busca de un mejor futuro. A nosotros nos llaman inmigrantes, pero en la realidad somos desplazados de las guerras que se han sucedido en el Medio Oriente a través de la historia.

SKN: ¿Cómo fue su inmigración?

TK: Vine en la última inmigración, después de la guerra de Palestina y cuando comenzaba la guerra civil del Líbano. Primero llegué al Brasil. Salí a los 18 años y estuve dos años allá donde mis tíos. Tres meses después, mi tío me montó una fábrica de camisas, en donde hacía hasta 5 mil prendas al mes para terceros. Tenía trece máquinas y hacía todo el trabajo: desde cortar las camisas hasta coser los botones. A los seis meses, mi tío nos mandó a otro pariente y a mí con mercancía para Manaus, que era zona franca. Como estaba recién llegado, no hablaba el portugués. La mercancía equivalía como a 30 mil dólares de la época; vender mercancía en esa selva del Amazonas no era tan fácil y nos fue mal. Perdimos plata, mi pariente se regresó y a mí me tocó defenderme solo. Sólo nos comunicábamos por carta porque conseguir un teléfono era difícil. Después del fracaso, tomé la decisión de recoger la mercancía y reexportarla. Viajé en barco por el Río Amazonas —de Manaus hasta Belén—, para llevar la mercancía hasta un pueblo llamado Marabá. Allá vivían unos paisanos que conocía porque le compraban mercancía a mi tío. Allá no había abanicos ni aires acondicionados y para protegerse de los mosquitos se usaban anjeos en las camas.

Fue una experiencia muy tremenda, así que le vendí a mi pariente la mercancía, y me vine a Colombia donde mi hermana. Ya no quería saber más nada de Brasil. Mi tío después me vino a buscar y quería que me regresara con él, pero me gustó Colombia y me dediqué a trabajar aquí. Llegué el 5 de enero del 1972, día de mi cumpleaños. Estuve en San Andrés, con mi hermana, los primeros tres meses. Después me fui para Maicao donde mis otros tíos y ellos también me ayudaron. Monté un almacén de telas y cuando tenía apenas un mes en Maicao, uno de mis tíos me entregó un almacén lleno de mercancía y se fue a vivir al Líbano. Me tocó trabajar duro. Afortunadamente, me vine con el idioma portugués, pero el cambio fue muy fuerte: llegar de Sao Paulo, una ciudad en aquella época con14 millones de habitantes, y todas las comodidades, a vivir en Maicao, sin luz, sin agua, sin calles pavimentadas. La inseguridad también era bastante complicada. Todos los meses o cada quince días me venía a Barranquilla a desahogarme de ese ambiente de Maicao. Comencé a integrarme a Colombia, especialmente a Barranquilla. En 1975 vinieron mis dos hermanos, Issam y Alí, y empezamos a trabajar los tres en los almacenes de Maicao.

SKN: ¿Qué vendían en los almacenes?

TK: Ropa. Después, en el 77 y 78 decidimos irnos a la Isla Margarita, en Venezuela, que estaba en un momento de prosperidad económica. Buscamos una mejor vida, un mejor negocio, más seguridad. Llevamos una plata y compramos unos almacenes. Nos fue mal. A mí no me gustó Venezuela para nada; cada mes me venía a Colombia: a Barranquilla y a San Andrés. Al año me aburrí y les dije a mis hermanos que me iba. Dejé todo, compré un carro y viajé por carretera desde la isla hasta Barranquilla. Era época de carnavales. Aquí me radiqué y con mi cuñado abrí la Agencia de Viajes Chauchar.

SKN: ¿Por qué Chauchar?

TK: Porque ese es el apellido de Fauzi, mi cuñado. Después le compré su parte. Era muy duro conseguir lo de la IATA, había que trabajar con otra agencia de viaje, compartir las comisiones. Yo tenía bastante clientela y se negociaba bien con las compañías aéreas.

SKN: ¿Únicamente los paisanos compraban en su agencia?

TK: No, también otra gente. Eso es puras relaciones. Hice buena plata en ese entonces porque mucha gente viajaba al Medio Oriente.

SKN: ¿Y todavía existe la agencia de viajes?

TK: Todavía existe, pero no es como antes. Uno antes se ganaba el 10, 11% y a veces la compañía daba el 10% sobre las ventas. Con la plata que me gané en la agencia seguí ampliando mis negocios. Compré un lote enfrente de la agencia y fundé el Hotel Dos Mundos. Elegí ese nombre por mis dos mundos: el mundo árabe y el latino, el colombiano. Luego comencé a comprar y a vender carros, tierras e incursioné en el negocio inmobiliario. Compré otro lote en donde está SAO de la 93 y construí el Centro Comercial Al Karawi.

SKN: ¿Cómo fue la construcción de ese centro comercial?

TK: Fue maravilloso porque yo no tenía la plata; sólo tenía el terreno y los planos que me los fió el arquitecto Arzuza. Esos planos se los presenté a Fuad Char, dueño de la Olímpica. A él le gustó y me dijo que hablara con su hermano Habib, quien me prestó la plata para el negocio. Así construí el centro comercial. Cuando lo estaba construyendo, un vendedor me ofreció el Saint Mary School. Como estaba endeudado, le dije a varios amigos: “Oye, están vendiendo un lote bueno”, pero ninguno me hizo caso. Fui a verlo y me gustó, porque como yo no pude terminar mis estudios, siempre quise tener un colegio. Cuando vi a esos niños jugando en ese patio grande y hermoso decidí que quería comprarlo, pero no tenía la plata. Una noche dije: “Vamos a arriesgarnos pa’ver qué pasa”. Llamé al señor y le pregunté cuánto costaba. Me dijo que 500 millones, y yo le dije que revisáramos la contabilidad. Encontré que el colegio debía 220 millones. Ahí cambió la cosa. Yo tenía como 32 millones de pesos y les dije a los dueños que les compraba el colegio.

SKN: ¿En qué año fue esto?

TK: A finales de 1989. Yo les ofrecí 400 millones de pesos, ellos me pidieron 420, y yo accedí, y les ofrecí diez cheques de 25 millones cada uno y cubrí la deuda que tenían. Les entregué en el momento 30 millones de pesos que necesitaban para mandar a Estados Unidos y los cheques. Como iba a finalizar el año escolar, estaba contando con que me entrara lo de las pensiones y empecé a promocionar el colegio. Soñaba con que en este colegio se diera la integración colombo-árabe, y le cambié el nombre con la idea de integrar a más gente de la comunidad y de enseñar el idioma y el baile árabe.

SKN: ¿Qué nombre le puso?

TK: Colombo–árabe. Yo me acuerdo que cuando compramos el colegio, los alumnos que se iban a graduar llevaron a Shakira. Yo tenía una revista que se llamaba Integración Colombo-Árabe y en el primer ejemplar está la foto de Shakira, cuando no era famosa todavía.

SKN: Todas las negociaciones se basaban en la confianza que la gente le tenía…

TK: Sí, en la confianza. Además, no tenían miedo a invertir porque entonces Colombia era un país seguro para la inversión. Los primeros meses pagué la deuda con lo que entró de las pensiones. Pero la situación se empezó a poner difícil: estaba la guerra de narcotráfico y habían matado a Galán Me quedó difícil pagar los últimos cuatro cheques que sumaban como 80 millones. Un día me llamó un prestamista, que es colombo-árabe también. Me dijo, “primo, aquí me trajeron tu cheque para cambiarlo. ¿Lo puedo cambiar?”. Le dije que claro. Cuando él lo cambió descansé, porque había una cláusula de atraso en el contrato, en donde podía perder el colegio.

SKN: ¿Entonces él le hizo el favor?

TK: Hizo negocio. Cuando se venció el primer mes yo no tenía plata. Se venció el segundo y tampoco. Hasta que se vencieron todos y yo no tenía para pagar. Yo estaba haciendo 34 apartamentos y 40 o 50 locales y le se los ofrecí al prestamista. Me preguntó que cuánto costaban y le dije que quince, pero me ofreció once. Yo acepté, y él me dijo que me daba doce cheques. Me compró siete locales, en 70 y pico millones de pesos. Cuando me entregó los cheques le dije: “Vamos a hacer un negocio, dame mis cheques, y coge tus cheques”. Así salí de eso y quedamos en paz.

Cuando compré el colegio contraté un profesor de árabe. Los estudiantes bailaban y cantaban. Yo sentía que a esos colombianos la música les hierve en la sangre.

SKN: ¿La mayoría de los estudiantes eran colombianos?

TK: Sí. Allá solo había como unos diez árabes. Cuando compré el colegio quería hacerlo por lo alto, para 2.000 alumnos, pero ese lote no tenía las condiciones. En 1990 busqué un lote en la carretera hacia Puerto Colombia. Encontré uno que estaba vendiendo el Banco de Bogotá a 400 pesos el metro. Lo compré financiado por el banco. Después compré otros lotes al lado, que cambiaba por carros, por apartamentos. Todo el tiempo pensaba en mi familia. Hice una urbanización que llamé Colinas Al Karawi. Dios me guió allá porque Puerto Colombia es el alma de la inmigración, debido a que fue por ahí por donde entraron los primeros paisanos. Finalmente, mudamos el colegio para allá y ahí estuvo funcionando 10 años hasta que se lo vendí hace poco al Centro Bíblico.

La calle principal de la urbanización se llama Avenida Colombia y hay una plaza llamada Plaza Sirio-Libanesa. Dentro de esa plaza siempre soñé hacer una mezquita y una iglesia. Como hoy en día el Centro Bíblico es el dueño del colegio y yo he mantenido muy buena relación con el pastor Rafael Gómez, ellos van a construir su iglesia. Solo me faltaría hacer la mezquita. Debido a que deseo trabajar por la gente necesitada, creé la Fundación Colombo-Árabe, que es sin ánimo de lucro para ayudar a la gente de Puerto Colombia. Esa población no merece el abandono en que se encuentra. Si Dios quiere, en el futuro desarrollaré varios proyectos en esta zona, carente de infraestructura moderna.

SKN: ¿Los árabes llevan el comercio en la sangre?

TK: El comercio existe en todo el mundo, lo que pasa es que el Medio Oriente o el mundo árabe es milenario, entonces la historia del comercio se conoce desde mucho antes. Cuando los Fenicios venían hacia toda la Costa Mediterránea comerciaban. Aquí se preguntan por qué los árabes son tan exitosos en el trabajo; yo creo que es porque a uno le tocó difícil cuando llegó. Uno dejó allá a sus padres, a sus hermanos a su familia. Dejó su patria y se adaptó a una vida nueva, a nuevos amigos, y no es fácil. Entonces, uno tiene que mantenerse en lo económico para poder sobrevivir y luego para poder mandarle algo a la familia. Este caso mío es el de todo el mundo. Uno siempre se ha caracterizado por manejar bien la economía, por tratar de no gastar toda la plata. Uno ahorraba hasta armar un capital, y una vez se tuviera este consolidado seguía para adelante.

SKN: ¿Cómo reaccionaron en el Líbano cuando decidió emigrar a Latinoamérica?

TK: Fue muy difícil. La gente no sabe qué es ser inmigrante o desplazado hasta no vivirlo. Mis padres no tenían otras alternativas. La educación en el Líbano era para los privilegiados y mi papá era sheikh y se dedicaba a la religión. Había pocos recursos y era difícil entrar a estudiar a la universidad porque éramos ocho hermanos. Como comenzaba la guerra, sólo teníamos la alternativa de alistarnos en el ejército o emigrar. Como no había posibilidades de trabajo, mis padres decidieron apoyarme; les tocó duro, pero preferían que no luchara en una guerra de locos. Una guerra absurda que tildaban de religiosa, cuando en realidad era política. Los franceses dividieron al Líbano y en cada sector se practicaba una religión distinta. Afortunadamente, en el Valle del Bekaa, de donde somos nosotros, no se vivió la guerra porque mi padre y otros sacerdotes de distintas religiones se unieron e impidieron la llegada del enemigo.

SKN: ¿Cómo lo recibieron los colombianos cuando llegó?

TK: Maravillosamente. Yo me acuerdo que el 5 de enero, día de mi cumpleaños, llegué a Bogotá por primera vez. Aquí el cumpleaños es rumba y regalo, pero nosotros los árabes no lo celebramos como lo hacen en América Latina. Para mí todos los días son un cumpleaños, porque cuando amanezco Dios me está dando un día más de vida para trabajar duramente. Cuando llegué ese día eran las nueve de la noche y tenía muchas expectativas porque me habían dicho que Colombia era maravillosa y los colombianos tenían fama de ser muy amables y hospitalarios. ¿Dónde buscaba un hotel? Me tocaba viajar a las ocho de la mañana a San Andrés. Me acuerdo que en ese entonces la policía de turismo estaba presente en el aeropuerto. Uno de estos agentes me acompañó para que guardara la maleta en El Dorado. Ahí dormí mi primera noche en Colombia. Ese día hablé con mucha gente, porque cuando uno no habla bien el español, todo el mundo quiere hablarle.

SKN: ¿Cómo aprendió el idioma?

TK: Los primeros días que estuve en San Andrés, la señora Zoraida Elnesser, que en paz descanse, me dio unos cursos de español. A mí también me gustaba leer, entonces leía El Tiempo, El Heraldo, o cualquier otro periódico aunque no lo entendiera todo. Yo era chistoso hablando. A veces, en vez de decirle a un amigo, “bajó el precio del platino”, le decía: “bajó el precio del plátano”. Al agua aromática le decía agua romántica; al restaurante, desodorante y así muchas otras cosas. Hace poco vino un amigo a mi oficina y le dije: “¿Qué quiere tomar? ¿Un café? ¿Una aromática?” Me dijo, “una automática”. Le dije: “Ve, paisano, yo decía que era romántica, pero usted ya me ganó”. Es difícil aprender el idioma, pero a uno le enseñan; siendo un ‘pelao’ de 18 años, conoce amigos que comienzan a burlarse de uno y a enseñarle las vulgaridades, las palabras amorosas, y las palabras del negocio. Eso es lo que todo el mundo quiere aprender.

SKN: ¿Cómo fue conocer y enamorarse de una colombiana?

TK: Conocí a mi señora en un avión. La vi, me miró, la volví a mirar y hasta ahí. Después de un tiempo mi cuñado, Gazzy Fakih, me dijo: “Te voy a presentar a una hermana de mi novia”. Resultó siendo la niña que yo había visto en el avión. Cuando uno llega de allá, uno busca a una persona de buena familia, decente, que lo entienda a uno, que lo acepte, de buenos morales, de buenas costumbres. Cuando uno se va a casar siempre hay un choque religioso o cultural, pero el amor gana ese choque. Al principio, mis padres me decían que debía casarme con una libanesa, porque ellos tenían miedo de perder a su hijo, como ha pasado con la mayoría de las familias árabes que han venido acá. Sus hijos se quedaron y no volvieron. En el caso nuestro no es así. Yo he regresado, he llevado a mi esposa, mis padres vinieron, me casé, y comencé a llevar a mis hijos a que conocieran a sus primos, a que se familiarizaran con las costumbres.

SKN: ¿Cómo se transmite el amor por lo árabe a las próximas generaciones?

TK: No hay que metérselo con una cuchara, sino haciéndolos ver las costumbres. Que vean lo bueno y lo malo. Al principio pueden criticar, pero al final van a estudiar, van a mirar y van a palpar, a entender que la cultura árabe es la cuna de la civilización. Después de tantos viajes, los hijos ya ven diferentes a los hijos de otros amigos árabes que no han viajado. Los culpables de eso son los padres, por no enseñarles el idioma y la cultura. En el caso mío, mi esposa —por iniciativa propia— estudió y aprendió a hablar árabe. Están equivocados los que piensan que por ir allá y profundizar en la cultura van a olvidarse de Colombia. Es lo contrario. Yo recuerdo que en 1985 se realizó un congreso en Siria y había varios invitados especiales, entre los que se encontraban Juan Gossaín, Andrés Pastrana y seis parlamentarios colombianos. Uno de los oradores era argentino, descendiente árabe y le preguntó a Assad en el discurso: “¿Qué necesita de nosotros, los inmigrantes?” Cuando el presidente pronunció su discurso dijo: “Lo que yo quiero de los inmigrantes es que sean fieles a sus nuevas patrias y así pueden trabajar y unir más a la patria nueva y la patria antigua”. Eso es precisamente lo que hacemos nosotros, ser fieles. Si uno es patriota es Colombia es patriota en Líbano, patriota en Siria, patriota en Palestina.

SKN: ¿Qué tiene Talel Karawi de árabe y qué tiene de colombiano?

TK: Yo tengo más de colombiano que de árabe porque uno ya queda comprometido con este país. Uno trabaja para este país, lucha por defenderlo, invierte en él, cree en él. Ya no es fácil uno dejarlo todo y regresar a su tierra. Yo acá lo encontré todo: amigos, familia, riqueza.

Entre Colombia y el mundo árabe hay un puente humano que somos nosotros. Si Colombia hubiera invertido como Argentina o Brasil estaría vendiendo seis, siete, ocho mil millones de dólares al mundo árabe. Los gobiernos colombianos no han sabido utilizar eso. Colombia es uno de los gobiernos que siempre ha estado al lado de la causa árabe, de la causa palestina. Desde la división de Palestina en 1947, cuando era miembro de la ONU y se abstuvo de votar. Yo me siento colombiano, me siento libanés, me siento sirio.

SKN: ¿Por qué si es libanés decide ser cónsul de Siria?

TK: Los cónsules Ad Honorem se nombran por su nexo con un país, por su amor a ese país. Se identifican con ese país política, comercial, familiarmente. Yo nací árabe. El Líbano me quedaba chiquito; mi mente era más grande. Yo siempre he amado la causa árabe en general; siempre tuve buenas relaciones con el gobierno sirio y ellos tenían aquí un excelente cónsul, el doctor Issa Sabbag. Como era una persona mayor, los sirios decidieron reemplazarlo. El doctor Mohsen Bilal —hoy Ministro de Información en Siria—, era miembro del Congreso; él propuso mi nombre y fue acogido. Apenas supe, fui a hablar con Don Issa y le dije que me habían nombrado cónsul y yo no era sirio. Él me dijo: “Hijo mío, usted es el único que merece tener ese puesto”. Yo soy nacido en el Líbano, Cónsul de Siria, vivo en Colombia, pero me siento palestino. Desde que nací la causa palestina la tengo adentro: es la causa de un pueblo que lleva 60 años de lucha. Todavía no tienen tierra, viven en campos de refugiados, son masacrados. Así era mi padre. Él nos enseñó el arabismo. Era religioso pero no sectario, amaba todas las religiones y todas las culturas.

SKN: ¿Qué es lo más positivo de ser un colombo-árabe?

TK: Yo creo que lo más positivo es tener dos culturas fuertemente unidas y fortalecidas. La integración colombo-árabe es una de las integraciones que se ha dado con mayor facilidad: los árabes llegan a Europa o a África y no se integran. Colombia siempre ha sido un país amable, de gente buena, trabajadora y esa es la gente que encontró el árabe. También encontró similitudes con varias regiones del país: montañas, valle, mar, ríos. Además, la mezcla que hay hoy en día de colombo-árabes es impresionante. En Barranquilla encuentras de la Espriella Dabahe, Certain Saab, María Gerleín. Casi todas las familias están mezcladas con árabes.

SKN: ¿Qué ha sido lo difícil o doloroso de ser un colombo árabe?

TK: La soledad. Estar sin la familia. Eso es muy duro y todavía me afecta. La nostalgia. El vacío lo llenan en parte los hijos, la mujer, pero siempre queda otra parte que duele en el corazón, en el alma y en el pensamiento, que son mis padres y mis hermanos. Eso siempre me ha hecho falta y me sigue haciendo.

SKN: ¿Qué otros proyectos comerciales tiene?

TK: En este momento estamos construyendo el Centro Comercial Al Karawi Plaza. Será un complejo hotelero y comercial compuesto por un hotel de 140 habitaciones, un edificio de 100 oficinas, un centro de convenciones para salones de hasta 6 mil metros, 200 locales comerciales. Quiero hacerlo como un regalo de este inmigrante para Colombia en su bicentenario. Lo más bonito son los cerca de 1.000 empleos directos que va a generar. ¿Por qué? Yo diría que un centro comercial es la madre de varios negocios. Ahí, cada local es una empresa ya sea de ropa, de cosméticos, de zapatos. Ese almacén generaría dos, tres, cuatro empleos. Si son doscientos locales, serían doscientas empresas. Cada salón de eventos en el que se hace una reunión de matrimonio, conferencias, ferias, es también el negocio de alguien. Cada huésped que llega al hotel viene por negocio o turismo. Cada oficina pertenece a un arquitecto, a un abogado.

Lo otro que planeo hacer es la adecuación de Colinas Al Karawi porque ahora se permite más altura. El concepto de la urbanización en ese entonces era de casas, ahora es de edificios de hasta 20 pisos, con mucha zona verde y zona deportiva. Estamos pensando también en unas 500 viviendas a largo plazo. Algo que sea muy agradable.

SKN: ¿Cuál es el legado que Talel Karawi deja como colombo-árabe?

TK: El legado lo dejo en mis hijos, que son la continuación de mi vida. Todos nos vamos y dejamos una huella. Si la dejamos bien pegada en la roca no se borra tan fácil, pero si dejamos una huella en la arena, la borra el mar enseguida. La roca queda firme y la roca para mí son mis hijos. Ellos han aprendido que sus hijos conozcan su costumbre, aprendan su idioma, coman su comida, que no olviden la tierra de sus padres. Esa es la preocupación de un inmigrante. Nosotros tenemos una casa en el Karaoun. Mi papá, por mucho que quería que nos bajáramos allá, siempre nos dijo que debíamos construir. ¿Para qué? Para no perder ese legado. El día de mañana mis hijos tienen una casa. Mis hijos la tienen donde nació su abuelo, donde nació su papá. Eso amarra, eso jala. Uno puede querer a uno, dos, tres, cuatro países. Eso es lo que yo les he transmitido y ellos lo han asimilado. Sin forzarlos, aprendieron. Los hijos van aprendiendo lo bueno de allá y lo bueno de acá. No solamente mis hijos, sino también los que me han conocido, los que han trabajado conmigo, porque ellos van a continuar este proceso de integración, el desarrollo, la promoción, para fomentar el acercamiento entre las naciones.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Todavía

Todavía huelo el sol picante que lo permeaba todo.
Todavía veo las caras desconocidas que se hicieron tan familiares.
Todavía escucho las risas que me hacían sonreír.
Todavía experimento los abrazos que me llenaban de fuerza.
Todavía oigo la música que hacía mi cuerpo vibrar.
Todavía saboreo la comida con sus especies en desmedida.
Todavía percibo el humo del narguile de hierbabuena.
Todavía me imagino las calles que recorrí tantas veces.
Todavía me envuelve el sonido del idioma de mi padre.
Todavía divago entre el español, el árabe y el inglés para encontrar la palabra precisa.
Todavía recuerdo con nitidez las ruinas de ciudades antiguas y los camellos.
Todavía añoro el verano y pienso que me hubiera gustado quedarme ahí.
Todavía tengo ganas de que el tiempo se hubiera detenido en ese instante para siempre.
Todavía los recuerdo a todos, a ellos que me hicieron vivir.
Todavía siento el amor.
Todavía veo las fotos y a veces mi risa se confunde con mis lágrimas.
Todavía pienso en todo lo aprendido, en todo lo sentido y en todo lo vivido.
Todavía se que jamás volveré a ser la misma.
Sí, todavía pienso en Beirut.

martes, 24 de noviembre de 2009

Gibran Khalil Gibran

Khalil Gibran es uno de los mejores poetas de todos los tiempos. A través de sus escritos logró transmitir una inmensa sabiduría, una sensibilidad absoluta y una gran capacidad de explicar en palabras asuntos de vital importancia para el corazón. Gibran es, sin duda, la muestra clara de cómo un árabe triunfa en occidente y la forma cómo logra combinar lo mejor de los dos mundos.

En esta página se encuentran algunos de los textos más reconocidos del escritor de El Profeta.


Todo lo que el espiritu desea, el espiritu alcanza (Kahlil Gibran).

sábado, 21 de noviembre de 2009

Dos mundos

El olor a cedros frescos.
Una bandera tricolor.
La tierra de mi padre.
El país de mi mamá.
La risa de mis abuelos,
Las montañas y el mar.
Un alma dividida
Que se regocija de emoción.
Dos mundos que convergen
Y laten en un solo corazón.
Dos culturas diferentes,
Dos religiones opuestas.
Ganas de lograrlo,
Sin importar las barreras.
Dos pasados que se encuentran
Y dos seres que se enamoran.
Querer construir un futuro,
Y disfrutar el ahora.
Tan de aquí,
Como de allá.
Ires y venires.
Emocionarse en dos idiomas.
La Colombia de mis sueños
Y el Líbano de mis amores.

lunes, 26 de octubre de 2009

May Chidiac: La imposibilidad de silenciar su voz



A May Chidiac todavía le duelen las heridas que le dejó el atentado que le hicieron el 25 de septiembre del 2005. Cuatros años después, esta periodista ha sido sometida a más de 30 cirugías. Incluso, recientemente acaba de ser operada una vez más. Aún no se ha recuperado. Ella, sin embargo, sigue fuerte y con ganas de contar su historia. Quiere hacerlo a pesar de todo. Quiere seguir luchando para garantizar que la prensa sea libre en su país natal, el Líbano. Quiere gritar, como lo ha hecho tantas veces, que ella es fuerte, que es una sobreviviente. Quiere hacerlo, pero no puede. Mientras ella intenta salir adelante y vencer una prueba más en el camino, quedan muchas, muchísimas preguntas en el tintero. Preguntas que más que esperar ser contestadas, buscan generar una reflexión acerca de la importancia de seguir dando la pelea por lo que se cree y no dejarse vencer por las adversidades. Una reflexión sobre la fuerza que esta mujer ha tenido para seguir ahí a pesar del dolor, de la mutilación de su cuerpo y del intento por silenciar su voz.

***

El otoño recién empezaba en el Líbano. Las hojas de los árboles probablemente caían en Jounieh, al norte de Beirut cuando May llegó a visitar a una amiga. Ella es una cristiana maronita muy devota por lo que fue a visitar el monasterio donde vivió y murió el santo libanés San Charbel. Después fue a almorzar. Volvió a su carro y mientras acomodaba unas bolsas en la silla trasera, una bomba explotó debajo de su Range Rover.

Su pelo y su ropa ardían en llamas. Ella luchaba por alejarse del vehículo. Lograron asistirla y la llevaron al hospital. Posteriormente fue a un centro de rehabilitación en Paris. “Todavía recuerdo cada detalle de la explosión que casi me mata: el sonido del impacto, el calor del humo, el sabor de sangre en mi boca. En ese día en particular, algunos criminales de sangre fría decidieron eliminarme, pero sobreviví y ya no es un secreto que mi sobrevivencia fue un milagro”[1].

May Chidiac es una mujer supremamente religiosa. Quizás su fe ha sido clave en su fortaleza. Cuando regresó al Líbano ya medianamente recuperada volvió al templo de San Charbel. ¿Qué significará dicho santo para esta mujer? ¿Será a él a quien le pide fuerza y valor para seguir adelante? ¿Cuál es el propósito de May en la tierra? ¿Por qué, mientras otros “mártires” fueron asesinados ella tuvo otra oportunidad para vivir?

***

El Líbano es un país pequeño, de 10.400 km² y 4,017,095 habitantes. Ha estado inmerso en guerras absurdas en donde hubo un derramamiento de sangre innecesario. Esta nación está ubicada en el Medio Oriente y limita con el Mar Mediterráneo. Precisamente, con sus países fronterizos Israel y Siria ha tenido encuentros bélicos a lo largo de los años.

Israel ha arremetido contra territorio libanés justificando sus actos al decir que su objetivo es luchar contra grupos terroristas como Hezbollah. El gobierno sirio, por su parte, tuvo hasta abril de 2005 militarizado el Líbano. Sin embargo, todavía se presume que Siria ejerce gran influencia política sobre su país vecino. May Chidiac ha luchado por manifestar una fuerte oposición a este sistema de intervención. Presuntamente, por la misma inconformidad con la inherencia de Siria en la política libanesa, esta mujer fue víctima del atentado.

Según una investigación realizada por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), el Líbano ha sido reconocido como uno de los países en donde hay un ambiente mediático abierto y diverso. De acuerdo con lo que plantea el IPI, ahí son pocas son las líneas de censura que se establecen a los periodistas.

Este fue el primer país árabe en permitir la radio y la televisión privada. Cientos de periódicos son publicados y estos son propiedad de empresas privadas. Los intereses políticos siempre han tenido una influencia fuerte en la forma cómo se manejan los medios, dependiendo del partido al que pertenecen o a la secta religiosa. El contenido de sus medios refleja, sin duda su ideología. Dependiendo de su perspectiva sobre la realidad transmitían sus opiniones al público. En el Líbano se admitía pensar diferente y se fomentaba el espacio para la diversidad.

Desde el 2005 la línea divisora entre los medios y la política comenzó a ser borrosa, cuando asesinaron al Primer Ministro Rafik al Hariri. En ese momento se desencadenó un derramamiento de sangre relacionada con la influencia de Siria en el territorio libanés. Los medios que funcionaban bajo el mando de grupos anti-sirios se dedicaron en cuerpo y alma a manifestar su rechazo. Se creó la Revolución de los Cedros y la presión ejercida fue tal, que llevó al retiro de las tropas, como se mencionó con anterioridad, en abril del 2005.

Sin embargo, los periodistas empezaron a ser silenciados. Gebran Tueni, del diario An-Nahar fue uno de los primeros en ser víctima de un atentado. Luego, Samir Kassir, un reconocido periodista de la cadena LBC también sufrió las consecuencias de su oposición. Ambos fallecieron. May, al parecer, tuvo suerte. Pagó una pequeña cuota en comparación con el fin trágico de sus compañeros de lucha.

Su posición quedó clara en el discurso de aceptación del valor que realizó en el 2006[2]: “En periodismo, valor significa hablar fuerte, tomar riesgos. Pero en el Líbano y especialmente desde 2005 significa ser asesinado de una forma horrible como lo que les pasó a Samir Kassir y a Gebran Tueni o de estar forzado a vivir con prótesis o en una silla de ruedas, como lo que me pasó a mí. Ellos tenían miedo de nuestra influencia en la juventud, la generación de los jóvenes. Querían prohibir que los guiáramos, que formáramos sus mentes, que les enseñáramos como amar a su país”.

Tueni y Kassir pasaron a la eternidad como mártires que lucharon por la libertad de expresión como una causa justa. Chidiac, sigue siendo el ejemplo vivo de la necesidad que existe de no dejarse amedrantar.

A veces, más que los hechos en sí, duele lo que ocurre después. Lo que sigue en el caso de esta presentadora de televisión es la impunidad. Un panorama desolador en donde los victimarios siguen su camino. No hay acusados. No hay nadie que responda. Chidiac, desde el comienzo, señaló al gobierno sirio de ser el responsable del atentado en su contra, sin embargo, las pruebas jamás se han encontrado. ¿Por qué siguen quedando tantos crímenes impunes? ¿Perdió May en vano su pierna y su brazo? ¿Qué pasó con la sangre que derramaron tantos hombres y mujeres por una supuesta causa? ¿No tienen, acaso, la sociedad civil y las familias de las víctimas el derecho a conocer qué pasó en realidad?

***

Desde que decidió que quería ser periodista se enfocó en cuestionar a los ejes del poder en su país. Inicialmente, en la estación radial la Voz del Líbano, y posteriormente como editora y presentadora de televisión se caracterizó por hacer preguntas fuertes y sin tapujos. Para ella la meta era realizar constantes cuestionamientos y ver la realidad de una manera crítica.

Queda claro es que Chidiac es una experta en el tema de la libertad de prensa mundial. ¿Cuál será, para ella, la importancia de proteger y fomentar dicha libertad? ¿Qué se puede hacer para que los seres humanos, particularmente los periodistas, realicen sus discursos sin ser un target de la violencia? Si May no hubiera sido periodista, ¿qué otra profesión le hubiera gustado desempeñar? ¿Qué significa realmente el periodismo? ¿El desarrollarse en este oficio brinda una perspectiva diferente de la vida? ¿Cuáles son los principios y los valores que un periodista debe tener? ¿Es difícil ser un comunicador con una opinión fuerte en el Líbano? ¿Quién impide la libertad de expresión en ese país? ¿Qué cree ella que la hace sobresalir entre los demás periodistas libaneses?

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May Chidiak es una mujer imponente. Físicamente llama la atención por sus ojos grandes, su pelo rubio y la forma de hablar. Ella tiene una risa fuerte que queda grabada en quienes la escuchan. May habla mucho con sus manos. Expresa, a través del lenguaje no verbal, todo lo que quiere decir apoyándose en ellas. En las dos: en la derecha, de carne y hueso, y, en la izquierda que es sintética. ¿Qué sentiría al aprender nuevamente a usarla? En una entrevista para un medio europeo[3] dejó ver la impotencia al haber perdido sus extremidades izquierdas: “¿Usted se imagina lo que es ser una mujer de medio cuerpo? Yo, la mujer independiente, que me han comparado con una mariposa porque jamás estaba quieta”. Hoy en día la domina a la perfección y en ella incluso utiliza anillos y sobre el brazo un reloj.

En el momento en el que volvió al Líbano, en julio de 2006, realizó un discurso conmovedor en donde afirmó: “tengo una pierna artificial, pero mi mente sigue siendo mi mente. Tengo una mano artificial, pero mi corazón sigue siendo mi corazón”. ¿Cuáles serán los rasgos más valiosos de la mente y del corazón de May Chidiac?

La May que lleva por dentro, la que los ojos no pueden ver, tiene aún más una fuerza arrolladora. Ha luchado desde diez meses después de sufrir el atentado para dar a conocer, sin reparos, su opinión. No se ha debilitado. Ha seguido con sus críticas frenteras. Si ha sentido miedo, lo ha escondido. Se proyecta como una mujer invencible e inmortal. Una sobreviviente.

Cuando May Chidiac estaba en el centro de rehabilitación en París, una mujer que vivía una situación corporal similar[4], sostuvo que Chidiac les daba las fuerzas necesarias a las personas que se encontraban ahí, viviendo algo parecido. Ella les dio el apoyo para seguir adelante. ¿Quién le daría a ella el impulso para seguir en la carrera? ¿Sería su familia, sus fans, los medios?

Ella es una mujer segura de sí misma que sabe lo que es y lo que ha logrado. Es por esto que se empeña en dejar claro los méritos que ha tenido. May se siente una vencedora y así se lo hace saber al mundo. Así lo hizo cuando le escribió un email a la editora de una revista que la había elegido como la Mujer del Mes. Con una diplomacia absoluta alabó la biografía que habían hecho sobre ella, pero, pidió que añadieran un dato importantísimo que había sido omitido:

“El único pequeño detalle que hace falta es que a pesar de la presión que está sufriendo en niveles distintos, vencí al terminar mi tesis doctoral en Octubre 23 del 2008 y recibí el título de Doctora en Ciencias de Información y Comunicación, de la universidad francesa Pantheon Paris 2 Assas (con el grado: muy honorable y la felicitación por parte del jurado. El título fue: Influencia de la política en la escena televisiva en el Líbano). Fue uno de mis proyectos antes del intento de homicidio e insistí en lograrlo como uno de mis desafíos principales!!! Te prometo, no fue fácil, pero LO HICE!!!!”. El artículo, en efecto, fue modificado.

Después de lo que ha tenido que vivir y padecer, ¿ha valido la pena? ¿Por qué a pesar de todo, sigue esta mujer en el oficio aun a costa de su propia integridad? ¿Cree acaso que no ha hecho suficiente, o no se siente satisfecha con lo que ha logrado hasta ahora? ¿Cuál es la parte más gratificante? Después del ataque, ¿qué le ha dado las mayores satisfacciones? ¿Qué ha sido lo más duro de esta travesía?

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Parecía un día más en el talk show televisivo Kol Jor´a Bi, en el canal LBC. Dicho programa marcó el regreso de May a la televisión en el 2007 y este se caracterizó por presentar opiniones sobre la política nacional. La periodista realizó sus entrevistas, como de costumbre. Cuando se acababa el tiempo al aire, sorpresivamente Chidiac anunció su retiro de dicho programa.[5] Con la voz entrecortada manifestó que presiones y falta de apoyo por parte de las directivas del canal la llevaron a tomar su decisión. “Me detengo hoy porque mi dignidad está en juego…No puedo seguir deteniendo mis lágrimas. Ya no puedo aparecer como objetiva y en contra de mis convicciones. Estoy disgustada”.

¿Qué tipo de respaldo ha recibido después de su renuncia? ¿A qué se ha dedicado? ¿Cómo ha cambiado su vida desde que renunció? ¿Fueron demasiado fuertes las presiones en LBC? O, ¿fue el dolor físico lo que no la dejó seguir adelante? ¿Será este un intento más por recuperarse completamente? ¿Qué queda ahora para May? Los rumores afirman que se lanzará a la arena política. ¿Será verdad? ¿Sentiría que el periodismo no fue suficiente para dar a conocer sus ideas? ¿Qué les ofrecerá a los ciudadanos libaneses?

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May Chidiac sigue recuperándose. Los dolores de cabeza la atacan constantemente. Es incierto aún si tendrá que someterse a más cirugías. Ella, ha sido una mujer valiente, como pocas. Queda solo esperar para ver si en el tiempo venidero a través de sus actos logra responder a tantas interrogantes, a tantas preguntas que se quedaron por responder.

¿Cómo describiría ella a la May Chidiac que es hoy en día? ¿En qué sentido es diferente a la mujer que era antes de la explosión? ¿Habrá logrado todas las metas que tenía trazadas en su vida? ¿Qué le quedará por hacer?

Ella, por el momento, pone su vida en las manos de Dios. Así lo afirmó cuando decidió despedirse de la televisión: “Inicialmente (después del atentado) estaba complacida y contenta conmigo mismo, y al menos era honesta conmigo misma. Si me desafié y volví a trabajar diez meses después e hice que aquellos que trataron de silenciarme vieran que no podían acabar conmigo, ni con mis principios, ni con me mente que ha permanecido intacta. Gracias a Dios, porque es su voluntad, y la de Jesús y la de María y San Charbel. Estoy convencida que solo Dios decide y no las manos de la traición. Quienquiera que muera, muere porque su visita terminó[6]”.

[1] http://www.iwmf.org/article.aspx?id=472&c=press
[2] http://www.iwmf.org/article.aspx?id=472&c=press
[3] http://es.euronews.net/2008/07/09/may-chidiac-es-inaudito-que-siria-participe-en-las-ceremonias-del-14-de-julio-en-paris/
[4] http://www.youtube.com/watch?v=YKXVNAn7Epw
[5] http://www.youtube.com/watch?v=6tSbClrBeIY
[6] http://www.youtube.com/watch?v=6tSbClrBeIY

Los árabes en Bogotá

Foto tomada por Ryan Xavier D´Souza

La árabe es, después de la española, la migración más significativa en Colombia. Ellos, sirios, palestinos y libaneses arribaron a territorio colombiano durante tres oleadas. La primera de éstas fue a finales del siglo XIX; la segunda se dio en los años 30, y, la última se dio a partir de 1950. Llegaron buscando mejores oportunidades de vida y se quedaron. La mayoría, se asentó en la Costa pero muchos optaron por la vida capitalina y son ciudadanos activos de Bogotá.

Amal y Wissam Maksoud son hermanos y llegaron del Líbano hace 14 años. Él trabaja en la Embajada del Líbano ubicada en Colombia. Ella, enseña árabe, el idioma, a aquellos colombianos que ansían aprender tan interesante lengua.

Las razones que tuvieron para salir de su país son similares a las de millones de inmigrantes. Primero, llegaron sus abuelos. “Cuando ellos vinieron se escaparon de la opresión”.

Luego, siguió el resto de la familia. “Se murió mi papá y por eso mis hermanos ya estaban acá para ayudar a mi tío que tenía un almacén de tapetes.”

Por su parte, el palestino Hassan Nauofal aterrizó en Colombia hace 42 años. “Llegué a Colombia por la opresión, por la ocupación de nuestra patria, por el sionismo internacional, fuimos expulsados por ellos y estamos dispersos actualmente en todos los países del mundo”.

Él, que es dueño del Restaurante El Kalifa y es feliz atendiendo a la gente, se describe a sí mismo como un buen amigo, atento y amable. Considera que fue el destino el que lo trajo a Colombia, pero una decisión propia hizo que se asentara en Bogotá. “Yo soy de los árabes que emigré aquí hacía Bogotá, porque todos emigraron, la mayoría de los árabes, sirios, palestinos, libaneses, hacia la costa. Es la capital, Bogotá, y yo tenía mucha gente amiga”.

Ahmed Tayel, es sirio- colombiano. Sirio de nacimiento pero él se siente colombianísimo. “Llevamos como 16 años viviendo acá en Bogotá. De hecho somos más bogotanos que muchísimos”. Las razones de su llegada al país, difieren enormemente de las que se han mencionado. Ahmed llegó por motivos laborales y se amañó. “Yo estaba trabajando en una fundación cultural que me había enviado a trabajar acá en Colombia y me quedé en Colombia. Me gustó.”

Actualmente, trabaja como corresponsal en TVFRANCE, en la sección inglesa, y en la árabe y escribe sobre social indicators, o indicadores sociales, particularmente sobre las instituciones de la sociedad colombiana en el lenguaje sociológico.

Para todos, Colombia es el país en donde se quedarán por el resto de sus vidas. Aunque disfrutan vacaciones ocasionales en sus países de origen, esta nación representada por el amarillo, azul y rojo, es cuna de inmigrantes y los ha recibido con los brazos abiertos.

Wissam, aunque no es muy amante de Bogotá y prefiere la tierra caliente, sostiene que “Colombia es un país muy rico y puede decir que para el futuro es un buen destino. Aparte de la riqueza del país, la gente es muy agradable, la gente lo hace sentir a uno bienvenido. Es un país muy grande”.

Para su hermana Amal, son muchas las razones que la hacen amar la capital. “Por los colegios, el trabajo. Tu consigues trabajo más fácil que en cualquier parte. El clima, la gente son muy queridas, yo nunca tuve problemas con nadie. A mí me encanta Bogotá.”

Hassan, que lleva más de la mitad de su vida viviendo en Bogotá, asevera que él cree en nuestro país. “Tengo fe en Bogotá y en Colombia”. Él se siente identificado con la sociedad colombiana. “Es una sociedad honesta, trabajadora, una sociedad sumamente echada a delante en todo y educada. El pueblo colombiano es un pueblo muy atento”. Lo que más le gusta es “la gente, sus culturas, la gente educada, la belleza también de la ciudad porque ver las montañas es algo verdaderamente muy bonito.”

Ahmed habla de qué es lo que le gusta de Colombia. “El nivel de amabilidad del cual goza el pueblo colombiano, colectivamente hablando, al nivel de comunicación que uno puede mantener, el hecho de ser muy accesibles en comparación con otros pueblos, claro con mucho respeto a todos los pueblos, pero acá en Colombia, en particular, uno, dentro de muy poco tiempo logra sentirse como si fuera pues nativo”.

Todos coinciden en la amabilidad de los colombianos y Ahmed continúa afirmando que en Bogotá convergen personas de distintas regiones del país. “Bogotá, por ser capital primero que todo tiene personas que vienen de muchas partes de Colombia, y uno logra tener idea de la estructura social, logra conocer al colombiano por lo general, viviendo acá en Bogotá, porque en Bogotá el paisa, el costeño, el del sur el del norte, cualquier etnia, también, de cualquier origen”.

¿Qué será lo que tiene Bogotá que atrae tanto a estos inmigrantes? Puede ser, como ya lo han mencionado, la amabilidad de colombianos, la cultura o el verde de las montañas. Puede ser que fue la ciudad que los acogió cuando más lo necesitaban. Que sean, entonces, Wissam, Amal, Hassan y Ahmed los que describan qué es lo que pasa.

“Pues Colombia, ¿qué le digo? Hay mucha belleza de gente y es lo mejor.” (Wissam)

“Yo nunca tuve problemas acá, entonces me encanta.” (Amal)

“Yo nunca me sentí como una persona extraña aquí. Siempre me he sentido bien acogido entre el pueblo colombiano.” (Hassan)

“Como reza un dicho árabe, abundan los hermanos que no ha engendrado tu mamá.” (Ahmed)

Vacaciones soñadas




Muchas veces, cuando me preguntan a dónde voy a viajar en vacaciones contesto con picardía que al Líbano. Así, sin más explicaciones, dejando la puerta abierta para que la mente de los despistados interrogadores divague y se confunda, llegando a creer que alisto maletas para partir al Líbano, Tolima; una tierra probablemente tan hermosa como mi otro Líbano, pero una tierra sobre la que, al fin y al cabo, jamás he puesto pie.


El Líbano, al que voy yo, queda en Asia, al otro lado del mundo, y tiene olor a cedros frescos, las sombras de mis ancestros, las caricias de mis abuelos. Es un mundo desconocido para muchos, anhelado por otros tantos y temido por los demás. Para mí, es parte de mi vida. Cada vez que voy descubro cosas nuevas. Una cultura distinta, unas costumbres diferentes, una comida exquisita al paladar, un idioma que, incluso después de tantos años, no llego a dominar.


La travesía empieza con la promesa firme de siempre volver cada vez que me voy. Luego, pasa el tiempo y uno como que se olvida de la cosa hasta que mi padre dice que tiene los tiquetes. Después de un mes, pero como si hubiera pasado solo un día, llega el momento de viajar. Empiezan, desde entonces, día y medio de agonía. Es el sufrir inevitable para llegar al paraíso. Llegamos a El Dorado y partimos hacia Paris. Diez horas de vuelo, si la memoria no me falla y, por fin, aterrizamos en el Charles de Gaulle. Nos bajamos del avión y nos dirigimos hacia la misma puerta de siempre donde van esas caras desconocidas que se hacen conocidas y que gritan, sin quererlo, “también vamos a Beirut”. Luego de la caminata llegamos a la puerta. Esa es y lo sabemos; estamos rodeados por paisanos que lejos de ser terroristas, fanáticos o fundamentalistas son solo viajeros, como nosotros, que ansían volver a casa. De ahí, otro vuelo de casi cinco horas hacia Beirut, la capital libanesa. Pero el recorrido no termina ahí, luego hay que ir en carro, taxi, bus, o cualquier medio de transporte terrestre hacia los respectivos pueblos. El mío, el de mi padre, el de mis abuelos, El Karaoun, queda a dos horas de camino. En Beirut, los carros atiborran la ciudad y se siente esa brisa caliente característica del verano, pero, a medida que nos adentramos en la montaña, la brisa se torna mas fresca y los automóviles van disminuyendo, como por arte de magia. Siento, entonces, un apretón en el estómago y una felicidad indescriptible; cada vez el camino se acorta. Cuando por fin llegamos, ahí está, el paraíso disfrazado en la sonrisa de mis abuelos, en los abrazos de mis tíos, en las risas de mis primos y en la bienvenida de los vecinos. Nos recibe un banquete de platos exóticos para nosotros que son comunes para ellos y nos espera una noche larga y confusa, gracias a las ocho horas de diferencia que hay entre Colombia y esta nuestra tierra lejana.


Los cuarenta días de vacaciones transcurren demasiado rápido. La casa de mis abuelos siempre está llena y el plan predilecto es ir a pasear en el carro a los pueblos cercanos. En dos horas podemos volver a Beirut, o si lo preferimos, en hora y media estamos en Siria. Estando aquí se escucha el silencio y la mezquita que reza. La tranquilidad casi se puede tocar con los dedos. Entonces, sonrío y abrazo este presente momentáneo que me permite descansar y alejarme de la cotidianidad. Los ires y venires, dos mundos paralelos; Colombia y el Líbano mezclados secretamente en el sueño de todo viajero aventurero.