martes, 8 de febrero de 2011

Rehabilitador de esperanzas


Issa Abuchaibe Abuchaibe es un hombre de sonrisa amplia. Tiene 82 años de edad y es hijo de inmigrantes palestinos que llegaron a Colombia cuando eran todavía adolescentes. Recibe, en el Instituto de Rehabilitación Issa Abuchaibe, a personas de escasos recursos que no tienen cómo costear un tratamiento. Abuchaibe se vuelve su cómplice y les consigue los medicamentes que necesitan y realiza de manera gratuita los procedimientos correspondientes. En su centro médico cuenta con expertos de la salud y la premisa clave es el servicio social. Es fiel devoto de la Virgen de Guadalupe. Su mayor orgullo son sus cuatro hijos, quienes le han seguido los pasos.


Issa Abuchaibe Abuchaibe: Nací el 27 de diciembre de 1927 en Santa Marta, pero vine a conocer Santa Marta después de grande; me crié en una población que se llama Fonseca y por tal razón me siento fonsequero.

Shadya Karawi Name: ¿Como fue esa llegada a Barranquilla desde Fonseca?

IAA: Estudié bachillerato en el colegio San Pedro Clavel de Cartagena, después me fui a estudiar medicina a la Universidad Javeriana en 1948. Ahí estuve hasta 1953, cuando terminé mi carrera; después me fui a hacer el año rural a Maicao, donde estuve aproximadamente unos seis años. Era el primer médico que llegaba a Maicao; fui testigo del progreso de Maicao porque al comienzo todas las casas eran de bahareque y cuando salí casi todas eran de material. y Maicao se había vuelto una población muy rica, con una bonanza que no se conoció ni en la capital.

SKN: ¿Cómo eligió su profesión?

IAA: Porque yo tengo en mi mente el servicio, me encanta servir y todavía sigo sirviendo porque llego a mi consultorio a las 6 y media de la mañana y estamos hasta las 7 de la noche trabajando.

SKN: ¿Y cómo se estableció este centro de rehabilitación?

IAA: Por una revista me entusiasmé con la especialidad y como en Colombia no había donde estudiar la fisiatría, la rehabilitación, me fui para México. Allí estuve tres años y después me fui para San Antonio, Texas, otros tres meses para completar mi formación. De ahí me vine directamente para Barranquilla hasta la actualidad. Estamos catalogados como una de las mejores instituciones de rehabilitación que tiene Latinoamérica, han venido de la Argentina, de Brasil, de toda Centroamérica y Suramérica a conocer la institución y a pedirme planos para eso, y yo se los otorgo, eso me llena a mí de orgullo y de satisfacción.

SKN: ¿Cuál ha sido la satisfacción más grande de todos estos años en el ejercicio de la profesión como médico?

IAA: Ver que mis hijos me siguieron la trayectoria, hicieron la misma especialidad y podemos ver rehabilitar a aquellas personas que llegan con muletas y botan las muletas, otros que llegan en silla de ruedas y dejan la silla de ruedas. Eso lo llena a uno de gloria, y eso es lo que me ha dado y me ha proporcionado bastante vida, el servicio a la comunidad. Nosotros estamos atendiendo diariamente alrededor de 1400 pacientes.

SKN: ¿Y lo más difícil o doloroso?

IAA: La verdad, es decir nunca la he percibido, no tengo un día en el que ponga a pensar que me pasó algo en la profesión de médico, a Dios gracias.

SKN: Usted es descendiente de árabes.

IAA: Descendiente de árabes, palestinos.

SKN: ¿Cómo se dio la llegada de los primeros árabes de su familia?

IAA: A mi madre la casaron de 12 años y a mi padre de 19 años. Primero llegaron a Riohacha, después a Santa Marta, y de Santa Marta a Fonseca, donde mi padre abrió un almacén. Mi padre murió a los33 años en un accidente; fue a recibir a Riohacha una mercancía que le mandaban de Barranquilla y el carro donde venía, una chiva, se metió en la cuneta y se volteó. Mi papá sufrió traumatismos, sobre todo en la vejiga, y estuvo en la casa unos seis días y no había manera de transportarlo a Santa Marta porque era riesgoso subirlo a una lancha. Así que murió y dejó viuda a mi madre de 26 años, con seis hijos. Ella nos educó a base de esfuerzos y de trabajo.

SKN: ¿Como les transmitieron a ustedes el espíritu árabe?

IAA: La verdad que no hubo tiempo, por cuestión de los estudios, pero yo medio digo tres o cuatro palabras que conocí porque los árabes amigos me las han enseñado, y yo tomándole el pelo al uno y al otro me he aprendido algunas frases que tengo en mente y que divierten a los árabes que frecuento.

SKN: ¿Ha viajado a la tierra de sus padres?

IAA: No, la verdad que no, yo quisiera pero no, nunca he ido pero defiendo a mi raza porque la veo gloriosa, trabajadora.

SKN: ¿Qué tiene usted de colombiano y qué tiene de árabe?

IAA: Tú sabes que nací en Colombia, pero mis sentimientos son árabes.

SKN: ¿Qué piensa del conflicto palestino-israelí?

IAA: Me da dolor y tristeza y adoro al que es árabe.

SKN: En su casa, con sus hijos, ¿se ha mantenido algo de la cultura árabe?

IAA: La verdad es con el tiempo es que las cosas se han perdido con las amistades de ellos porque casi ninguno ha sido árabe.

SKN: ¿Ni con la comida?

IAA: No, sí con la comida sí se ha mantenido el vínculo; la gran mayoría es árabe.

SKN: ¿Cuál es el legado en la ciencia que han dejado los colombo-árabes?

IAA: Afortunadamente, el mundo árabe le ha dado gloria a Colombia en la ciencia, los grandes profesionales en la medicina que actualmente hay en Colombia son de origen árabe. Eso lo llena a uno de gloria y satisfacción.

SKN: ¿A qué cree que se debe eso?

IAA: Primero a la capacidad intelectual, segundo, al querer uno avanzar para triunfar y tercero defender nuestros antepasados.

SKN: Por lo general después del 11 de septiembre la imagen de los árabes se volvió negativa, pero ellos han demostrado lo contrario.

IAA: ¿Pa’ qué vamos a hablar de esta vaina? Mientras siga Israel en esa posición…

SKN: ¿Por qué le cuesta hablar de esas cosas?

IAA: Porque soy un admirador de los Estados Unidos y Estados Unidos aprueba mucho a los israelíes, los respaldan en el Medio Oriente, pero esa agente abusa. ¿Cómo es posible que el único país, un país tan chiquito y es una potencia armamentística? Eso le duele a uno. Además, lo que sucedió con Palestina, como Israel, aprovechando el apoyo de Estados Unidos, Francia, Inglaterra despojaron a los propietarios de su vivienda, que son los palestinos, e instalaron a los israelíes. Eso no tiene perdón.

SKN: ¿Qué sería lo positivo de ser un colombo árabe?

IAA: A mí me llena de orgullo y satisfacción tener las dos.

SKN: ¿Qué aportes han hecho los colombo-árabes aquí en un barranquilla?

IAA: Uy, caramba, bastante, primero, adelantos en la construcción, en las fábricas.

SKN: ¿Cuáles fueron las razones por las que nunca fue al Medio Oriente?

IAA: Por miedo al transporte, al avión.

SKN: ¿Cuál es el legado que Issa Abuchaibe deja como colombo árabe?

IAA: En primer lugar, la satisfacción de dejar una institución de rehabilitación que es ejemplo para Latinoamérica; segundo, ser un activo colaborados para todos aquellos pacientes que necesiten de mis servicios y han encontrado la buena voluntad de seguir sirviendo.

SKN: ¿Quién es Issa Abuchaibe?

IAA: Un hombre que ha sabido criar a sus hijos.

SKN: ¿Y cómo se les transmitió el amor por la medicina?

IAA: Ellos me han visto trabajar y han visto el éxito que he tenido; por eso se unieron al proyecto familiar.

SKN: ¿Se sienten sus hijos orgullosos de ser árabes?

IAA: Claro, se sienten orgullosos de que descendemos del mundo árabe. A los hijos míos no les puedes hablar mal de los árabes porque enseguida contestan, ¡y mira que vienen siendo la tercera generación!

martes, 21 de diciembre de 2010

La vocación por lo social


José Name Terán nació el 5 de febrero de 1936 en Sincelejo, Sucre. Dios y el destino fueron los responsables de llevarlo a Barranquilla cuando era un adolescente. Allí, en la capital del Atlántico, forjó su carrera política. Fue diputado de la Asamblea Departamental y Ministro del Trabajo, pero principal labor la desarrolló en el Senado de la República. Es un hombre amantísimo de su familia y de sus amigos y colegas. Lo enorgullece su lucha constante por brindarle a los más necesitados mejor calidad de vida. Se identifica plenamente con la cultura y la causa árabes, de la cual ha sido vocero en Colombia y en el mundo.

Shadya Karawi Name: ¿Quién es José Name Terán?

José Name Terán: Un ser humano con defectos y cualidades. Mucha gente piensa que le ha tocado en la vida todo fácil y que ha sido un privilegiado. En realidad, ha sido lo contrario. Desde muy joven tuve que luchar por la supervivencia, por mi educación y no fue fácil; estudié tanto el bachillerato como la carrera en escuelas y universidad pública, pero eso me ayudó a conocer las difíciles situaciones que afrontan los demás, y el desequilibrio social que se da en Colombia, donde algunos gozan de excesivos privilegios y la mayoría padece necesidades.

SKN: ¿Cómo fue la llegada de Sincelejo a Barranquilla?

JNT: Mi padre adoraba a su hermano y nos hizo venir acá para poder estar cerca de él. Su afecto no era el de un hermano normal, sino el de un padre y actuaba como protector.

SKN: Como ha sido usted también con sus hermanos.

JNT: Sí, así también he sido yo. Yo tengo unos hermanos insuperables. Los mejores del mundo. Les debo muchísimo porque casi todos se sacrificaron para que yo pudiera trabajar. Mi hermano mayor, que murió hace mucho, era un ser de una excepcional ternura y de una inteligencia extraordinaria.

Dios y el destino nos trajeron a Barranquilla. Aquí forjé todo y tengo una familia bella. Mi esposa Yolanda es una mujer excelente: es la mejor madre y esposa y me ha acompañado 50 años en mi recorrido por el desierto, el oasis y todos los sitios donde nos ha puesto Dios. Me encontré también a otra familia que quiero y respeto: toda esa gente que me ha acompañado durante más de 35 años. Tengo hasta terceras generaciones al lado mío. Es muy hermoso ver en las reuniones a los hijos de Juana Manotas de Hayazo, de Matilde Colina de Fortich, de Gloria Ortiz de González, de Aurora García de León, mujeres hermosas y batalladoras que siempre me han acompañado. Algunas de ellas asisten en silla de ruedas a mis reuniones. Eso me llena de fortaleza, y apabulla a quienes padecen de una enfermedad muy grave que se llama envidia.

SKN: Usted es descendiente de libaneses.

JNT: Y a mucha honra.

SKN: ¿Qué tendría de colombiano y qué de árabe?

JNT: Soy colombiano de nacimiento de afecto y de amor, pero no niego para nada mi ancestro de raíces libanesas y árabes. Siendo Presidente del Congreso tuve la más bella oportunidad de mi vida: fui invitado por varios presidentes de países árabes para conocer la tierra de mis antepasados, su cultura, su régimen político y para establecer un acercamiento con Colombia. Al Medio Oriente fui como hijo de una raza que le ha dado al mundo tantas cosas positivas, como las matemáticas, la medicina, la arquitectura. En ese viaje entendí que mundo gira alrededor del diálogo, del respeto y de la comprensión. Tuve el honor de sentarme con Yasser Arafat durante seis horas, en Túnez, le oí cosas sabias y conocí al gigante de la guerra y de la paz; de la guerra justa para defender los derechos civiles, y el hombre enamorado de la paz para vivirla después de que se le reconozcan sus derechos. Estuve en Siria; estuve en el Líbano en plena guerra, cuando el avión de la TUA estaba secuestrado en el aeropuerto de Beirut. Primero me recibió el presidente de la Asamblea Constituyente, que era musulmán, después me recibió el joven presidente cristiano. Lo más bello fue el acto que realizó el Sheikh Kassem Karawi en el Valle del Bekaa, donde asistieron 400 libaneses de todas las religiones; incluso de los sectores en pugna que llegaban y recostaban a la pared sus ametralladoras para estar un rato en paz escuchando a un colombiano que quiere al Líbano. Cuando dije que en cada pedacito de Colombia rezábamos por la paz de la tierra de mis abuelos, y mi yerno Talel Karawi lo tradujo, se produjo un murmullo de felicidad y de alegría. Después recibí 800 besos, uno de cada cachete. Al Sheikh Kassem lo rodearon maronitas, chiitas, sunitas, ortodoxos. Todas las religiones estaban en la mesa. Eso es un honor que muy pocas personas pueden recibir.

Culminé el viaje con una audiencia personal que me dio el santo padre Juan Pablo II. En mi opinión, es el personaje más hermoso de todos los tiempos. Hablaba un español dulce y bello. Le dijo a mi esposa: “Tú eres tramposa o no sabes leer porque ahí dice que no se pueden pedir bendiciones y tú traes de todo”. Ella le contestó que no iba a pedirle que bendijera nada, que ella solo quería que las cosas estuvieran cerca de él. Él se rió y le dijo: “Bueno, te voy a castigar porque las voy a bendecir”. Y sacó los rosarios, los escapularios y los bendijo. Yo le dije: “Santidad, eso lo íbamos a regalar a los amigos, ahora con su bendición lo vamos a vender”. Lo bello fue que a los nueve meses de haber estado en el Vaticano, el Santísimo Padre estuvo en Colombia y regresó a Italia por Barranquilla. Yo rompí todos los cordones de seguridad para llegar a él, quien al verme sonrió y me dijo: “Excelencia”. Yo le dije: “Santidad, yo no podía dejarlo ir sin apretarle sus manos”.

SKN: ¿Qué es lo positivo de ser un colombo-árabe?

JNT: El Líbano es uno de los países más ilustres y educados del Medio Oriente. Sin embargo, tengo que hacer una crítica a mis paisanos: no han entendido la importancia que tienen sus relaciones con el mundo occidental donde grandes personajes árabes han tenido protagonismo. Hemos tenido ex presidentes en Argentina, en México, en Brasil, en Colombia, sin embargo, los países árabes tienen más relaciones con países inamistosos que con países latinoamericanos donde se le rinde afecto a la causa árabe.

SKN: Podría ser eso el lado negativo de los colombo-árabes.

JNT: Las tres o cuatro últimas generaciones no se preocuparon por enseñar a sus hijos el árabe. En mi familia que es la Name Chadid, la Name Terán y, finalmente, la Name Cardozo, sólo mi hija Mónica habla árabe y eso porque se casó con un libanés. La enseñanza del idioma es algo que, sin duda, hay que fomentar.

SKN: ¿Cómo se inició en la política?

JNT: Quien vive escuchando de política en su familia termina o alejándose radicalmente de ella o metido hasta el cuello, como me pasó a mí. Mi padre era jefe del Partido Liberal en las sabanas de Bolívar. Tuve un tío, llamado igual que yo, José Antonio Name Chadid, que a los 29 años fue Senador de la República. Todo eso me influyó mucho y también el liderazgo que tenía en la universidad en el período de la dictadura militar. El doctor Laureano Gómez regresó de su exilio por Barranquilla y se le hizo una manifestación en el Paseo de Bolívar. Los oradores fueron Alberto Lleras Camargo; Augusto Ramírez Moreno —quien formaba con los otros cinco mejores oradores que tenía Colombia el grupo llamado Los Leopardos—; mi amantísimo profesor Eduardo Marino, y yo. Hablamos ante 80 mil personas que se congregaron para homenajear al doctor Laureano Gómez, que llegaba a instaurar con Alberto Lleras el Frente Nacional. Así nació mi vida política.

Llegué de 22 años a la Asamblea del Atlántico donde fui presidente. Me decían ‘El Benjamín’, porque era el menor. Todos mis compañeros eran excelentes personas y me doblaban o triplicaban la edad. Hay una anécdota muy bella de ese período: se me iba a vencer el periodo como presidente y un gran personaje, un educador insigne del Partido Conservador, llamado Fernando Hoyos Ripoll, presentó una proposición firmada por los otros 15 diputados aplazando la elección de presidente para que yo me pudiera casar siendo presidente de la asamblea. Tuvieron un gesto todavía más bello, que probablemente si ocurriera hoy sería un escándalo: hicieron una nómina de dos días y cada uno me dio esos días de su sueldo como regalo de bodas. Tengo muy gratos recuerdos de ese período.

Entonces yo era estudiante de segundo año de derecho en la Universidad del Atlántico y me tocaba levantarme a las cinco de la mañana para llegar a las seis menos cuarto a la primera clase. El trayecto de mi casa a la universidad lo hacía caminando, todos los días. Tuve la fortuna y el honor de ser, al mismo tiempo, diputado y primer representante de los estudiantes en el Consejo Superior de la universidad. Con esos dos logros me gané la animadversión de muchas personas.

SKN: ¿Vivió momentos difíciles en esa época de beligerancia política?

JNT: Yo ejercía la militancia del oficialismo del Partido Liberal. Tenía profesores que eran liberales, o militaban en la disidencia del partido o eran conservadores. En la política, en ocasiones, el respeto deja de ser la norma y las relaciones entre los seres humanos se rigen por intereses egoístas, así que no fue fácil. Por ejemplo, me tocó recibir clases de una persona que manifestaba públicamente la antipatía que me tenía. Un día me presenté a un examen oral y cuando ingresé al salón donde estaban los demás estudiantes me dijo: “No se siente. Yo le voy a poner la nota que usted necesite para no tener que verlo más en clase”. Yo le dije que me pusiera entonces la nota que necesitaba para tampoco tenerlo que ver más como profesor. Esa persona fue por largos años enemigo político mío y nunca dio razones ni argumentos, sino el increíble odio político y el radicalismo que él profesaba. Con otro profesor me pasó algo similar. Todas las mañanas, cuando yo caminaba para la universidad, él pasaba a mi lado en su carro y jamás me paró para llevarme. Cuando yo llegaba dos minutos tarde después de él haber pasado lista no me quitaba la falla. Un día me hizo un examen de derecho de familia, en donde a Rodrigo Noguera Barreneche le tocó ser jurado. Noguera era un ilustre intelectual, jurista, matemático, un hombre fuera de serie por su calidad humana. A los demás estudiantes, el profesor les había hecho cuatro o cinco preguntas; a mí me hizo 14. En ese momento el doctor Noguera le dijo: “Ilustre compañero, desde ya observo una prevención con el joven Name. ¿Qué intención tienes?”. Mi profesor contestó que lo que quería era demostrar que yo era un pésimo estudiante y un gran ausentista, por llegar tarde a clase. Por sugerencia de Noguera, no se procedió igual que con mis compañeros, quienes debían retirarse para que los docentes pusieran la calificación. La discusión sobre la nota que me merecía se hizo conmigo: mientras el doctor Noguera consideraba que yo merecía un 5.0, mi profesor pensaba que me debían poner un 2.0. Cada uno hizo concesiones: mi profesor me aumentó a 2.8 y Noguera me bajó a 4.7. Como no lograban ponerse de acuerdo, el docente propuso ponerme la nota que necesitaba para pasar, a lo que Noguera contestó: “Bueno, vamos a ponerle la nota que necesita para pasar y dos décimas más para que no pase raspando como tú quieres”. Con el correr del tiempo me enteré de que su animadversión se debía a que cuando yo era miembro del Consejo Superior de la universidad, él quería ser decano. Yo propuse a Gonzalo González Fernández, que era jurista y profesor de literatura, y además tenía una columna de uso correcto del lenguaje en El Espectador. Yo no lo hice en contra de él, sino a favor del doctor González, pues lo consideraba la persona idónea para el puesto. Después Dios me ayudó a ayudar a mi profesor. Él era un gran jurista y un abogado respetabilísimo, pero vivía lleno de odios. Cuando salió de la universidad le conseguí una asesoría externa para que pudiera subsistir. Así le pude demostrar mi nobleza y que nunca guardé odio por él.

SKN: A lo largo de su vida política ha ocupado puestos importantes y siempre se ha identificado con las causas sociales. ¿Cuáles son sus mayores logros?

JNT: Fundé el Colegio Juan Victoriano Padilla de Juan de Acosta; el San Luis Beltrán de Manatí; el San Pablo de Polo Nuevo; el colombo-alemán del Sena; la Escuela Oriental de Palmar; el Carlos Meisel de Barranquilla; el Sofía Camargo de Lleras de Barranquilla. Fui el promotor en ese entonces de la Universidad del Atlántico. Soy el creador de la Estampilla Prociudadela con la que se construyó en Barranquilla la más grande y mejor ciudadela universitaria de Colombia, que es exclusivamente para los sectores sociales de los estratos bajos.

La educación y la salud realmente fueron siempre mis fortalezas y mis mayores preocupaciones. Cuando estaba en el Congreso fui el autor del IVA social. El gobierno quería aumentar el IVA del 14 al 16, y yo conseguí que 70 senadores firmaran una propuesta aceptando el aumento, pero proponiendo la utilización de los dos puntos nuevos y medio viejo exclusivamente para inversión social con destinación específica. Con eso se lograron cosas tan importantes como condonar 4,5 millones que 39 mil pequeños caficultores debían al Fondo de Café; condonar la deuda que 7 mil pequeños bananeros tenían con la Caja Agraria; se operaron 14.000 niños de cardiopatía congénita; se atendieron 400.000 adultos mayores; se les dio una pequeña remuneración a las madres sustitutas que orientaban los pequeños jardines del Bienestar Familiar; se logró mantener a los hospitales de primer nivel con esos recursos; se ayudó al sector rural. Lamentablemente, el gobierno del doctor Misael Pastrana derogó la norma. Yo traté de revivirla no como ley, sino como acto legislativo. Pasó los siete primeros debates y la hundieron en el octavo. Uno de mis compañeros del Atlántico se prestó para que se vencieran los términos y no se pudiera aprobar, como si hubiera sido un castigo para mí. Los que perdieron fueron millones de colombianos, debido a que esos recursos, además de llegar a las personas más desfavorecidas, estaban destinados también para los resguardos indígenas y las minorías étnicas para que tuvieran posibilidades de educación, salud y vivienda.

SKN: Ese fue, entonces, uno de los momentos más difíciles de su carrera política. ¿Cuál fue el momento más grato?

JNT: Tuve muchos momentos felices. El que más me marcó fue cuando, como Ministro de Trabajo, me correspondía ser miembro de la Junta Directiva del Bienestar Familiar. La primera dama en ese entonces, doña Carolina de Barco, le pidió excusas a quien le correspondía presidir y me pidió a mí que presidiera los consejos. En esa época aprobamos, en contra de la voluntad de los ministros de Hacienda y de Planeación Nacional, los hogares que hoy existen del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, en donde se protege a todos esos niños que lo necesitan y se aprobó la protección jurídica de los menores. Ese fue un logro que me llenó de alegría el alma y me puso en paz con Dios. Sé que muchos niños en Colombia tienen hoy posibilidades de estudiar y de vivir en condiciones dignas, gracias a esa decisión.

Hay otro momento maravilloso. Aquí existió un médico extraordinariamente preocupado por los niños y por la salud, el doctor Christian Visbal. En Barranquilla se morían 200 o 250 niños de gastroenteritis todos los años. Los niños de los barrios marginales se mueren de gastroenteritis por la deshidratación fulminante, al tener una constante diarrea que desequilibra los electrolitos, pierden sodio, potasio. Era muy triste ver filas de cajitas traídas por niños de los barrios más pobres a enterar a otros niños de tres, ocho meses, un año. A los niños enfermos había que mandarlos en un avión a Bogotá para que fueran tratados. Yo seguí el trabajo de él y fundamos una Central de Hidratación donde se atendía a los niños, y luego se convirtió en Hospital Pediátrico de Barranquilla, que actualmente tiene más de 200 camas para los niños. Cuando hoy en día se muere un niño de gastroenteritis hay un escándalo.

SKN: ¿Qué le falta por hacer?

JNT: Quise dar la pelea y convertir el Hospital Pediátrico en un centro materno infantil especializado en cardiopatías. Quiero que los niños que nacen con el paladar hendido y el labio leporino puedan sonreír con una simple operación. Quiero que los niños que nacían con discapacidad en sus miembros inferiores puedan ser operados para que tengan la posibilidad de patear una pelota y jugar fútbol. Desgraciadamente, el egoísmo, la envidia, la pequeñez de mucha gente han sido obstáculos para que no se desarrollaran estas obras. Yo espero que Dios nos ayude en el futuro.

SKN: ¿Qué no saben sus contradictores de usted?

JNT: Me siento muy orgulloso porque siempre he estado al lado de la gente más humilde y de los desprotegidos. Todo lo he hecho por ellos, porque mi vocación fue esa. Sé que mucha gente me tiene afecto y respeto, y me duele que algunos, sin razón alguna, me tengan animadversión y prevenciones. Cuando fui presidente del Congreso en 1985, senadores como Luis Carlos Galán, Augusto Espinosa, Gerardo Molina, firmaron, el día que entregué mi cargo, una notación de reconocimiento a mi gestión; jamás me abrieron un pliego de cargos en la Procuraduría; cuando fui Ministro del Trabajo todas las centrales obreras pidieron que no me fuera; cuando presidí en dos ocasiones la dirección del Partido Liberal se publicaron editoriales en diversos periódicos que hablaban de mi prudencia y buen manejo. Mucha gente cree que yo nací siendo senador, pero están muy equivocados: fui maestro de 90 niños; fui operario clasificado en la Refinería de Mamonal en Cartagena; ejercí como visitador médico; fui vendedor de electrodomésticos; inspector de precios; jefe de instrucción criminal del Atlántico. Nadie puede decir que cometí un desafuero. Me tranquiliza que mis nietos puedan tener la frente en alto, y que cuando escuchen afirmaciones ofensivas sobre su abuelo sepan que jamás he pisado una inspección de policía, que no estuve involucrado en el Proceso 8.000, ni con paramilitares, ni en farcpolítica, ni en el recibo de notarías y contraprestaciones. De mí siempre han hablado, y muchos periodistas lanudos creen que tienen derecho a decir injurias sobre mí. Siempre he hecho las cosas de la manera correcta y honesta y no soy lacayo de nadie.

martes, 7 de diciembre de 2010

La voz de la experiencia



Jorge Cura Amar es chileno de nacimiento, colombiano por adopción y palestino de corazón. Ha logrado hacer una prominente carrera en el periodismo y se siente un afortunado por poder ejercer el oficio que lo apasiona desde niño. Vive en Barranquilla, pero afirma que carece de la alegría de los costeños. Tiene dos hijas que no han logrado sentir la sangre árabe, como él. Ha realizado innumerables viajes al Medio Oriente y afirma que aunque ponga en riesgo su vida, no dejará de viajar allí. La Emisora Atlántico es su trinchera, desde la que aboga por lo que cree que es correcto. Cree firmemente en la causa palestina y es un fuerte crítico de Israel y del gobierno estadounidense. Él siente que la oportunidad de conocer la tierra de sus antepasados y vivir de primera mano el conflicto le ha otorgado la experiencia que lo ha llevado a consolidarse como uno de los grandes periodistas de la región Caribe.

Shadya Karawi Name: ¿Quién es Jorge Cura?

Jorge Cura: Soy una persona común y corriente, enamorada intensamente de su trabajo. Nací en chile y a los 18 años me vine a Colombia. Me casé y tengo dos hijas. Siempre quise ser periodista, y empecé en el oficio a los ocho años. Mi satisfacción más grande es que en mi vida he hecho lo que he querido hacer. Soy un agradecido con Dios por todas las cosas que me ha dado.

SKN: ¿Cómo empezó en el periodismo a los ocho años?

JC: Cuando yo estaba en el colegio, había un periódico chileno que publicaba una separata llamada Icarito. Era una revista que salía los miércoles y era para niños. En una ocasión, a los señores del periódico se les ocurrió buscar reporteros en todo Chile. Uno debía mandar un artículo sobre el tema que quisiera y ellos seleccionaban los publicables. Uno de los días más felices de mi vida fue cuando abrí el periódico y salió mi artículo. Así quedé como corresponsal de Icarito para San Felipe. El artículo lo pusieron en la cartelera del colegio y yo me creía lo máximo. Yo escribía versos, poesías, pero cuando pusieron ese artículo ahí se me llenó el corazón.

SKN: ¿Cómo se dio su llegada a Colombia?

JC: Mis tíos llegaron primero en el año 73 por el golpe militar en Chile. Cuando yo tenía 17 años me preguntaron que si quería venir a Colombia. En ese entonces yo tenía mi prueba de actitud académica, que me permitía estudiar educación física, otra de mis pasiones. Mi tío habló en la Universidad Autónoma del Caribe y ahí estudié.

SKN: ¿Y sus inicios en el periodismo en Barranquilla?

JC: Mi primer contacto fue con Jaime Jiménez, un periodista muy conocido en Barranquilla. Él tenía una emisora que se llamaba Onda Nueva y ahí comencé a hacer prácticas. Trabajaba desde que salía del colegio hasta la noche y los fines de semana. Con él aprendí mucho porque es un tipo muy audaz, y tiene un excelente manejo del micrófono. Yo tenía un programa de tres horas en la tarde y un resumen de noticias por la noche. Después de esa gran escuela entré a un noticiero de televisión. Ahí hice unas pruebas y el primer fin de semana que empecé me pasaron tres informes. Luego seguí con 24 horas, que fue uno de los grandes noticieros de la televisión colombiana, en donde trabajé con Mauricio Gómez, Jorge Ortiz, María Isabel Rueda. Después, en la radio tuve mi propio noticiero radial en Universal. Ahí empecé como director, para terminar en Olímpica, donde llevo más de 24 años.

SKN: Cuénteme sobre sus ancestros árabes.

JC: Mis abuelos son de Betyala, Palestina. Mi abuelo Nicolás llegó en 1915 al puerto de Valparaíso y allí conoció a mi abuelita. Eran primos hermanos. Al llegar, mi abuelo no sabía hablar español y cuando le preguntaban por su apellido lo único que decía es que iba a vivir a la casa del cura. Entonces, el del registro lo puso como Cura, pero nuestro apellido es Masu Amar. Para mí, esa gente que llegó eran héroes. Llegar aquí, venirse de esas tierras tan lejanas para ver qué encontraban, sin poder hablar el idioma. Ellos salieron adelante. El abuelo fue comerciante, como casi todos esos árabes.

SKN: ¿Qué vendía?

JC: Telas, comestibles. Se volvió un negocio muy próspero. Luego vino la segunda generación con mis tíos, uno de los cuales era muy bueno para los negocios. Tenían un emporio, una fábrica de licores que todavía funciona en Chile. Yo me vine porque no quería ser comerciante ni andar vendiendo cosas. Tuve problemas con mi tío, que era como mi papá. Yo estaba trabajando con él y nunca aceptó que me viniera, tanto así que en una comida familiar dijo: “Déjenlo que se vaya; en un mes está de regreso”. Pasé muchas necesidades, pero me acordaba de eso y me decía a mí mismo que no podía regresar. Adopté a Colombia como mi patria.

SKN: ¿Por qué decidieron sus abuelos radicarse en Chile?

JC: El barco llegó a Valparaíso con muchos otros árabes, sobre todo palestinos. Es tan importante la colonia palestina en Chile que hay un equipo de fútbol llamado Palestino, que está en primera división. También está el Club Palestino de Santiago y yo me acuerdo que todos los veranos íbamos a las olimpiadas de la colonia. Ahí llegaban a jugar palestinos de Antofagasta, de Arica, de Punta Arena. Recuerdo que participé en un torneo de ping pong y quedé de tercero. Era una cosa muy bonita porque era un reencuentro de toda la familia palestina que estaba regada a lo largo de Chile.

SKN: ¿De qué forma les transmitieron la cultura y las costumbres árabes?

JC: Aunque nos transmitieron muchas cosas, se les quedó lo más importante que es el idioma. Yo tengo la teoría de que el mundo árabe debió haber sido mucho más grande de lo que es hoy en día, pero le faltó lo mismo que le faltó a mis abuelos. Los árabes estuvieron 600 años en España, pero nunca obligaron a los españoles a manejar su idioma. Los españoles, en cambio, vinieron a América Latina y lo primero que le impusieron a los indios fue el idioma; igual los ingleses, cuando llegaron a Estados Unidos; los portugueses a Brasil. Si los árabes hubieran impuesto su idioma en aquella época, cuando dominaron toda Europa, la geopolítica hoy sería muy diferente.

SKN: Cuenta que sus abuelos jamás les enseñaron el idioma. ¿Se ha interesado por aprenderlo?

JC: Muy poco. Yo he sido malo pa’ los idiomas. Me he costado el inglés. He sido el gran responsable de mi propio fracaso, lo admito.

SKN: ¿Qué tiene de colombiano y qué de árabe?

JC: De colombiano tengo muy poco porque me falta la alegría de los colombianos. Soy muy reservado, muy seco, muy rígido. El colombiano es descomplicado. Soy muy organizado, me gusta que las cosas se hagan a la hora que son. En cambio tengo mucho de árabe. El árabe es un hombre muy trabajador, lo que se propone lo busca y lo consigue a pesar de las dificultades. Creo que de chileno sí tengo más, porque el chileno es como apagado, serio y trabajador. No digo que los colombianos no sean trabajadores, pero tienen una manera especial de combinar la alegría con el trabajo. Yo no he podido tener esa compenetración con la música, con el aspecto cultural, con el carnaval. A todas esas cosas les huyo un poquito.

SKN: Usted ha realizado muchos viajes por el Medio Oriente. ¿Cómo se despertó esa inquietud por el mundo árabe?

JC: Yo he ido porque tengo la llama aquí dentro. Mi primer sueño era conocer el mundo árabe. Al primer país árabe que viajé fue al Líbano, en 1991, cuando estaba terminando la guerra. Recuerdo que cuando estuve allá todavía sonaban unos cuantos disparos en la zona verde. Todo estaba destruido. Lo que hoy es el Solidere eran escombros. Recuerdo que al Holiday Inn, en el centro de Beirut, le metieron una bomba desde el techo: uno se metía a los escombros y miraba hacia arriba y podía ver el cielo. Vi cosas impresionantes en el Líbano. Estando allá yo me sentía identificado con el aire, con el ambiente y cuando me fui prometí volver. De hecho, he regresado ocho veces.

Mi segundo viaje fue a Palestina y mi deseo fue conocer Betyala. Allá entrevisté a Arafat y yo le decía que teníamos algún parentesco porque Arafat es su nombre de guerra, su verdadero nombre era Abu Amar. Terminamos mamándonos gallo: Yo soy primo tuyo, somos parientes lejanos, tenemos la misma sangre”. Después fui a Irak, cuando estaba vivo Saddam Hussein. Mi último viaje fue a Afganistán. Estuve en la Revolución Verde de Kadafi. Recorrí todos los países del norte de África: Marruecos, Túnez, Libia, Egipto, Golfo Pérsico. Estuve en Dubai, en Qatar. También fui a Siria, que me encantó. Además de Palestina, yo creo que donde me siento más identificado es en Siria porque ahí las costumbres del mundo árabe están vivas. Tú vas a algunos sitios del Líbano y la cultura árabe parece que no existiera. Te sientes en Miami por la música, la vestimenta y los lugares.

A pesar de todos los problemas del mundo árabe, yo lo defiendo. Escribí un artículo en la revista Semana que me ganó la enemistad de todos los judíos de Colombia. Me citaron en el Club Hebreo y fui con mucho gusto porque yo le doy la cara al que sea. Estaban un rabino, el señor Jaime Eismand y dos tipos más. Me dijeron: “Mira Jorge, nosotros no queremos que tú traigas la guerra a Colombia”. Yo les dije que yo no había traído la guerra a Colombia, sino la verdad. Les dije: “Quisiera saber una sola cosa para seguir hablando porque aquí no nos vamos a poner a pelear: ¿alguno de ustedes ha estado en los territorios palestinos?” Todos dijeron que no. Les dije que no teníamos nada de qué hablar. Yo conozco donde están ustedes y conozco como tienen a los palestinos como unos animales, metidos en unos ghetos de la misma forma como Hitler tenía a los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Yo les sugiero que vayan y vean cómo está el pueblo palestino que era dueño de la tierra y ahora no tiene nada. Viven como animales en corrales. Entérense bien, vayan allá y después hablamos otra vez. Ustedes no tienen la autoridad para hablar conmigo”. Mira, yo sí conozco como está Israel; es un paraíso apoyado por los americanos. Un judío vive perfecto. Ahora un palestino se inmola en una calle de Israel y CNN y el resto del mundo arma un rollo. El ejército israelí va a Palestina y mata a 15 o a 20 y sale una nota breve en un noticiero de televisión. Eso no es justo y por eso lo denuncio en la emisora, por eso me quieren tanto.

SKN: ¿Qué siente al ver la tierra de sus antepasados en esa situación?

JC: Me produce una tristeza muy grande. Estuve en los campamentos de los palestinos en Shabra y Shatila en 1991, donde hubo la masacre en el Líbano en 1982. Eso es terrible. Cuando fui no había hombres porque los habían matado a todos: los sacaban de sus casas y les metían tiros en la cabeza delante de sus hijos y de sus mujeres. A mí no me pueden echar cuentos. Yo he visto, yo he conocido, yo he vivido. En un viaje que hice a Israel me entrevisté con una fundación de mujeres judías que van a los Checkpoint, donde están los controles y se da la mayor violación de los derechos humanos. Ellas van a esos controles para garantizar que no maltraten y humillen a los palestinos porque cuando están ahí los soldados los dejan pasar sin problemas. Las odian en Israel porque dicen que son pro árabes. Ellas dicen: Ellos son humanos como nosotros. No queremos que la tragedia de los nazis se vuelva a repetir, nosotros no podemos lastimar a las personas, y ustedes lastiman a la gente”. Son unas mujeres valientes, porque los judíos las atacan, les niegan el empleo a sus hijos. Yo hablé con cuatro de esas mujeres, y me reuní con ellas escondido; cambié de carro como dos veces para poder llegar donde estaban ellas porque me estaban siguiendo. Después de entrevistar a Arafat, me pusieron unos perros para que me siguieran todo el tiempo, entonces salir de Israel fue una locura. Cuando entré me armaron todos los rollos que tú quieras, y cuando salí tuve que llevar las cintas al Ministerio del Interior para que las revisaran y sellaran. Afortunadamente, no vieron la entrevista de Arafat. Ellos revisaron dos casetes y después los sellaron, entonces en el aeropuerto no los podían abrir.

SKN: ¿Qué hubiera pasado si ellos hubieran visto ese material?

JC: Lo retienen.

SKN: Una forma de censura.

JC: Sí, en Israel la censura es total. Tú no puedes transmitir nada que no tenga que ver con lo que ellos están haciendo. Cualquier periodista que no sea americano tiene problemas. A los periodistas europeos les hacen la guerra, no les consiguen las citas, les dañan las cosas, les roban el material, se les meten al hotel. Hacen barbaridades.

SKN: En Occidente son principalmente los medios de comunicación y muchos periodistas lo que se han encargado de satanizar al mundo árabe y al Islam.

JC: Yo creo que eso ha ido cambiando poco a poco porque la gente tiene más información. Obviamente, el Islam estaba satanizado desde septiembre de 2001, cuando tumbaron las torres gemelas de Nueva York. Se dio una persecución terrible, como los casos de gente inocente que sin tener nada que ver con Al Qaeda está encerrada en Guantánamo. Ahí se violaron todos los derechos humanos, pero yo creo que la gente ha entendido el problema palestino. Los israelíes han perdido mucho en el campo de la información; ese atentado que cometieron en Gaza el año pasado fue brutal. La Corte Penal Internacional está llamando a todos los generales judíos para condenarlos. Además del señor Sharom, que mató a los palestinos en Shabra y Shatila, ahora están Benjamín Netanyahu y Ehud Barack que es un criminal de los más perversos. Los van a llamar a indagar y tienen que ser condenados como criminales de guerra, aunque nunca van a salir de su país, pero al menos llevarán el rótulo de criminales.

Yo lo digo siempre en la emisora y me importa un carajo que me quiten la visa: George Bush es un criminal de guerra y lo he dicho miles de veces. Lo de Irak no tiene nombre. Yo no defiendo a Saddam Hussein, pero te aseguro que si no se hubiera cometido la invasión, Saddam hubiera salido por alguna otra causa y el pueblo iraquí hubiera resuelto su problema. Nadie puede ir a meterse en los asuntos internos de un país y está demostrado hasta la saciedad que Irak no tenía absolutamente nada que ver con los atentados de Estados Unidos ni con armas químicas. Todo se lo inventaron; y ahora están haciendo lo mismo con Irán.

SKN: ¿Qué de la cultura árabe se mantiene en su casa?

JC: En mi casa la comida árabe es fundamental. También tengo muchos objetos árabes. Enrique Yidi me hizo una pieza artesanal en nácar muy bonita. Todo lo que está en el baño social lo traje de Marruecos, desde el lavamanos. En la sala tengo una lámpara árabe preciosa, que también compré en Marruecos y alfombras de Egipto. Tengo fotos de Arafat y de todos los recorridos que he hecho.

SKN: ¿Ha logrado transmitirles a sus hijas el amor por lo árabe?

JC: A mí me ha ido muy mal. Incluso tengo una gran decepción porque mi hija mayor es gringa total: estudia Ciencias Políticas en la Universidad de Ohio y es republicana. Yo respeto su posición, pero me da muy duro porque ella apoya a Bush; se va a la Casa Blanca con pancartas a echarle vainas a Obama; ahora se va a Londres a una convención del Partido Republicano. La chiquita es distinta y quiere ir a los países árabes. Estudia música en la Javeriana, y le encanta escuchar la música árabe que le traigo.

SKN: ¿Cuál sería el lado positivo de ser un colombo-árabe?

JC: Sin duda, la forma de ser. A mí lo que más me gusta es la hospitalidad. Tú llegas al mundo árabe y todo es amor, cariño, fraternidad. El núcleo familiar se mantiene muy fuerte, mientras que en Occidente, la familia se pierde cada día más. En los países árabes tiene una relevancia más grande y arraigos culturales fuertes. Un papa árabe siempre quiere estar con su hijo, amarlo. Eso del cariño del amor filial no se ve en Occidente y para mi es algo que me llega mucho. Al mundo árabe lo han tratado de satanizar por la violencia y no hay gente más pacífica en el mundo. Ojalá muchos occidentales pudieran visitar un pueblo del mundo árabe y meterse en sus calles. Llegas, te atienden bien y preguntan por ti y tu familia. En un pueblo de Estados Unidos, en cambio, nadie te quiere ver, nadie te saluda, nadie te da la mano, todos son muy personalistas, no hay la integración, el cariño.

SKN: Es muy crítico con los americanos...

JC: No con los americanos, pero sus gobernantes han sido un desastre. Yo no creo que Israel sea un satélite de Estados Unidos, creo más bien que Estados Unidos es un satélite de Israel, y todo por los intereses económicos. Los grandes capitales de Estados Unidos son judíos: la banca, las joyas. Debido a esa relación de poder, el gobierno estadounidense no ve con ojos objetivos el problema palestino. Palestina debería existir como existe el estado judío.

SKN: ¿Qué sería entonces lo negativo de ser un colombo-árabe?

JC: Yo no le veo nada de negativo. Me siento feliz y orgulloso de serlo.

SKN: ¿Qué le falta por contar?

JC: Muchas cosas porque creo que todavía estoy muy joven y puedo viajar mucho más. Quiero conocer Irán, Arabia Saudita. Tuve la fortuna de conocer a Afganistán porque he sido el único periodista latino que ha ido a cubrir el conflicto.

SKN: ¿Cómo logró ser el único periodista latino en trabajar en Afganistán?

JC: Fregando, fregando, fregando, hasta que le saqué la piedra a un tipo allá en Washington y me dio la visa. Además, tenía un amigo colombiano que estaba trabajando en las Naciones Unidas allá, quien me sirvió de contacto y se responsabilizó por mi seguridad. Fueron seis meses de ‘camello’.

SKN: ¿Cuál es el legado que deja Jorge Cura como colombo-árabe?

JC: Yo estoy luchando desde mi trinchera por esto. Es una trinchera chiquitica que se hace sentir en una pequeña parte de este planeta, pero aprovecho el poco espacio que tengo. Creo que ese es mi acto de fe, de responsabilidad con mi gente y mis antepasados.

martes, 23 de noviembre de 2010

Sueños de nácar


Enrique Alberto Yidi Daccarett lleva en la sangre el amor por lo árabe. Nacido en Colombia el 24 de febrero de 1960, se siente palestino. Desde pequeño lo cautivó la música de sus ancestros que escuchaba con su abuelo materno. Tiene tres hijas, a quienes les ha transmitido la pasión por Oriente. Creó el Taller Palestina, que está ubicado en la vía 40, adentro de su empresa de venta de mármol, Euromármol. Es un espacio pequeño en donde los trabajadores utilizan máquinas especializadas y el nácar como el elemento principal para realizar sus obras.

Es un ingeniero y administrador de empresas que se ha preocupado por no perder las tradiciones de sus abuelos y fomentar espacios en donde la cultura sea valorada. Sueña con construir algún día el Museo del Nácar, en Belén (Palestina), y pasar a la historia como uno de los colombo-árabes que dejaron huella en sus dos patrias amadas.

Shadya Karawi Name: ¿Cuándo y cómo llegó su familia a Colombia?

Enrique Yidi: Bueno, mi familia emigró en 1911 de Palestina, ciudad de Belén. La salida de mi familia paterna, los Yidi, se debió al reclutamiento por parte de los otomanos de los jóvenes mayores de 15 o 16 años para que prestaran servicio militar en Turquía. Mi abuelo se vino de 15 años porque ya había sido seleccionado para el ejército. Él se embarcó en el puerto de Yafa y vino rumbo a Suramérica, exactamente a Colombia, porque un tío de él había llegado unos años antes y era su único contacto. En Puerto Colombia se reunió con el tío, quien lo acogió y montaron negocios juntos. Así fue como se radicó la familia Yidi en Colombia.

SKN: ¿A qué se dedicaron esos primeros Yidi?

EY: Cuando mi abuelo llegó, trabajó con el tío en ventas ambulantes e iban a Ciénaga, Fundación, Barranquilla y luego abrieron un almacén en Barranquilla, de artículos importados y nacionales. Con el tiempo se independizó y abrió una perfumería, luego un almacén de importaciones, ferreterías, encajes y más adelante formó una empresa, Industrias Yidi, pionera en Suramérica en la fabricación de cremalleras.

SKN: Cuénteme de la vida de ese abuelo…

EY: Se llamaba Emilio Yidi o Yamil Yidi. Aquí en Barranquilla, accidentalmente, conoció a Sabat Slebi, que venía prometida a un palestino radicado en Chile con el que sus familias habían hecho el acuerdo para casarse. Los Slebi hicieron escala en Puerto Colombia para visitar a unos parientes y se la presentaron a mi abuelo. Se casaron tan pronto deshicieron el otro compromiso. Tuvieron nueve hijos aquí en Barranquilla y los miembros de esa generación viajaron pocas veces a Palestina para vender las propiedades y, prácticamente, se perdió el contacto entre el mundo árabe o palestino con Colombia. De los nueve hijos, ninguno se interesó por conservar la cultura o el idioma. Se mantuvieron las costumbres básicas de esa migración, la comida, los festejos familiares, pero no hubo ningún otro aporte de este núcleo al desarrollo cultural, fuera de pertenecer a los clubes o fundaciones. Luego vino la segunda generación a la cual pertenezco, que tuvo 47 descendientes. Vuelve y se repite la historia: sólo yo me interesé en la cultura árabe. De resto, pareciera que Barranquilla no fue propicia para que germinara gente interesada en la cultura.

SKN: ¿A qué cree que se debe eso?

EY: Pienso que es más que todo cierto temor a ser discriminados. Muchos se cambiaron los nombres y los apellidos. Vivían como en ghettos, digamos, todos en la misma cuadra. Por eso fundaron los clubes. Había ciertos documentos, misivas, y artículos en los principales periódicos, que hablaban de esta migración y decían que iba a contaminar la sangre, iba a contaminar la “raza colombiana” y que iba a hacer un daño igual que los asiáticos, que los turcos, que los árabes (porque en algunos autores sí sabían la diferencia entre turcos y árabes). Todo eso ayudó a que se cerrara la comunidad.

SKN: Entre 46 primos indiferentes, ¿cómo nació esa inquietud por lo árabe?

EY: Bueno, mi abuelo de parte materna, que se llamaba Joussef o José Daccarett era una persona muy patriótica, un paisano arraigado a sus raíces. Él escuchaba todo el día una emisora en árabe; me acuerdo de un radio grandísimo con una antena poderosa para escuchar las noticias. Sólo oía música árabe, en los carnavales se disfrazaba de árabe y ayudó a fundar el club árabe. A mí me gustaba escucharle las historias sobre su vida, sobre lo que hacía en Palestina. Fue el lado materno el que me despertó el amor hacia la cultura árabe. Empecé a visitar los países árabes a los 16 años. De ahí comenzó mi interés por la causa palestina. En Estados Unidos, donde hice mis estudios universitarios, tenía un grupo pro Palestina.

Al llegar a Colombia de Estados Unidos, a los 21 años empecé a trabajar con Patricia Abuchaibe. Era su mano derecha para organizar todas las actividades árabes. Hicimos un centro cultural y abrimos una oficina dedicada a la causa palestina, que duró unos cinco o seis años. Hacíamos muchas actividades, pero como todo aquí, la gente empieza con unas ganas y se queda a medio camino. Además, siempre nos asociaban a un movimiento político y eso terminaba por acabar toda iniciativa de agrupar a los árabes. Tal es el caso del Club Alhambra, que fue el primer club de los árabes; precisamente se acabó por una pelea de abuelo materno, en ese entonces era el Cónsul de la República Árabe Unida, quien en un discurso provocó a la comunidad libanesa. Una pelea tremenda porque propuso la República Árabe Unida. Posteriormente, nacieron muchas otras asociaciones en Barranquilla: la Casa del Líbano, la Casa Cultural Libanesa, pero nada perduró. El único legado que dejaron aquí los árabes son unas pocas obras en la ciudad de Barranquilla: que la estatua, que el escudo, las donaciones que hizo Muvdi. Fuera de eso, el aporte árabe se dio más en lo económico, en lo político, en ámbitos diferentes al cultural.

Hay que reconocer que los primeros inmigrantes árabes no eran muy cultos, no habían gozado de libertad de expresión y no se habían desarrollado en el mundo cultural. Era un árabe que llegaba preparado para enfrentar la vida con todos los riesgos; su familia era el núcleo y la cultura nunca fue para él algo importante.

SKN: Bueno, después de hablar en general de los árabes, ¿Qué tanto tiene usted de árabe y qué tanto de colombiano?

EY: Soy colombiano quiero este país pero mi corazón está allá en el mundo árabe. La cultura árabe me fascina. Siempre he vivido en torno de ella y por eso me he embarcado en varios proyectos para dejar un legado cultural. No a Colombia, porque aquí las culturas foráneas no tienen el interés. Mi trabajo siempre ha estado enfocado a aportarle sobre todo a Palestina porque ha sido un país que se perdió totalmente: su cultura fue borrada, sus museos fueron aniquilados; todo ha sido usurpado y destruido. He notado que en el transcurso de mi vida varias fundaciones de sionistas han hecho mucho en pro de destruir el legado palestino cultural. La política que tiene Israel actualmente es de hacer Palestina un solo país, al tipo de Suráfrica, con segregaciones y campos repartidos y controlados.

Mi primer proyecto es crear el Museo de Nácar en Belén, y en ello vengo trabajando los últimos quince años. Hoy poseo una colección de más de tres mil piezas antiguas. Hace tres meses viajé para proponerle el proyecto a cinco instituciones, una de las cuales se interesó. Tengo una publicación de la Colección Yidi de Madreperla y la llevé Palestina para ofrecerla. En la parte editorial, tengo un libro publicado y tres en prensa. Los borradores de estos libros se los llevó Karen David a Jordania donde se buscará un editor.

SKN: ¿Qué es el Taller Palestina?

EY: Es un taller que hace doce años fundé a raíz de que no se encontraban en el mercado piezas de origen palestino. Me había propuesto crear un museo y al ver que no había piezas y las que había en el mercado eran muy costosas, fundé el taller para rescatar las tradiciones palestinas de la talla del nácar que desaparecieron. Empecé a reproducir las distintas piezas de los diferentes museos del mundo para que la gente pudiera conocer las piezas que se produjeron en los talleres palestinos.

SKN: ¿Qué simboliza el nácar?

EY: El nácar simboliza a los palestinos. Fue el medio principal de supervivencia para la ciudad de Belén desde el siglo XVII. Durante la ocupación otomana no se permitía tener tierras, se cultivaba muy poco: la única entrada económica de la gente de Belén era el turismo religioso, por ser considerado el lugar donde nació Jesús. Allá los palestinos empezaron a vender objetos de culto católico y ortodoxo a los peregrinos como forma de manutención. Durante cuatro siglos pudieron sobrevivir con este arte que fueron refinando hasta volverlo apetecido por reyes, emperadores y personajes importantes de todo el mundo. Así está documentado en el libro El Arte de Tallar en Nácar en Palestina. Decían que en esa época el 40% de la población de Belén vivía del nácar. Fabricaban miles de rosarios, por ejemplo, que iban camino a Francia, Alemania.

SKN: ¿Qué se han hecho esas obras de arte?, ¿quién las tiene?

EY: Yo tengo dos piezas que hechas en el Taller Palestina. El taller produce réplicas, hace reproducciones de las piezas que están en museos donde no se pueden fotografiar ni se pueden ver porque las tienen guardadas en bodega. Hace tres meses, fui a hacer un avalúo de las piezas de origen palestino del Vaticano. Ellos las tenían guardadas en bodegas subterráneas y nunca han salido a la luz pública. Yo documenté esa colección y estoy reproduciendo las piezas más importantes. Pero son piezas que no están en venta, las estoy haciendo para el proyecto del museo. Luego me invitó el Rey de España al Palacio Real en Madrid y conocí la colección de Tierra Santa, que perteneció a Alfonso XII y a Alfonso XIII, del padre del Rey Juan Carlos, con piezas de los últimos tres siglos. Es una colección de unos 170 objetos que no están a la luz pública. Me permitieron fotografiarla, la evalué y estoy reproduciendo las piezas más importantes. Lo mismo hice en Italia, en Assisi, en La Verna, en Rimini, en los monasterios. Hoy tengo 140 reproducciones de algunas de las más significativas. Voy a empezar un crucifijo de 3,20 metros de altura, único en el mundo, que se encuentra en la isla italiana de Capraia, y fue traído de Palestina en el siglo XVII. Por otro lado, tengo encargos para muchas obras que han ido a presidentes, a ministros, personajes reconocidos. Estas sí se elaboran y se venden. Esa venta financia en parte la compra de lo que compro en anticuarios o a coleccionistas privados. Hoy tengo unos 3000 y pico de objetos de nácar antiguos, además de las fotografías para hacer la Colección Yidi en Madreperla, base para el futuro museo en Palestina.

SKN: Actualmente hay dos esculturas en nácar en la Gobernación del Atlántico.

EY: Sí. Una fue la que trajo aquí en 1923 uno de los grandes maestros de la talla del nácar en Palestina, y la otra fue hecha en mi taller, en conmemoración del centenario del departamento. También he tallado obras que están en la colección del rey de España, en el Vaticano, en el Museo de la Madre Perla en Australia, en Rimini, en Venezuela. Actualmente, estoy haciendo una pieza para el Presidente Lula da Silva, que debo terminar en tres meses.

SKN: ¿Cómo combina la cultura árabe y la colombiana?

EY: Es algo interesante porque las personas que están trabajando conmigo desde hace doce años son todas colombianas. Es algo que ha sorprendido porque es el único taller del mundo que está haciendo este trabajo. Inclusive ahora que estuve en Palestina llevé un trabajo para el Patriarca Latino de Jerusalén. La cita era cuatro días después de mi llegada y tuvimos la oportunidad de que exhibieran la pieza antes de entregarla en Belén; y la gente no podía creer que esto lo habían hecho colombianos con antiguas técnicas que desaparecieron 200 años. Lo que más les impactó fue que un país tercermundista casi desconocido, tenga hoy en día el laboratorio más importante que ha preservado todas estas técnicas para poderlas trasplantar a Palestina cuando sea libre y soberana.

SKN: ¿Cree usted que Palestina algún día va a llegar a ser libre?

EY: Tengo mis dudas. Tal vez en vida no lo vaya a ver, pero llegará el momento en que se dará porque es un problema que lleva 60 años y la idea de los judíos es prolongarlo otros 20 o 30 años más. Para ese momento, un 25% de Palestina estará más colonizada y ya no se podrá desplazar más de un millón de personas. Los asentamientos lo están haciendo de una manera en que no pueda haber conexión entre toda la tierra palestina. O sea, a Israel le interesa seguir con el proceso de paz fallido, pero dando pocas esperanzas; veo con escepticismo un acuerdo. Para Israel, ya es la tercera generación que nace en Israel y para los palestinos, es la tercera generación que nace fuera de Palestina. Pienso que en los siguientes veinte años no habrá un estado palestino soberano.

SKN: Usted se interesó también mucho en la arquitectura árabe.

EY: Hace tiempo quise introducir la arquitectura árabe aquí en Barranquilla y comencé a hacer obras con un cierto toque árabe, como el Hotel Majestic, el Club Campestre, el Consulado de Siria, el Centro Comercial de la setenta y algunos apartamentos del norte de barranquilla. El interés era difundir la arquitectura árabe para demostrar que por aquí pasaron los árabes. Es una forma de dejar vestigios, porque la única presencia árabe que hay en esta ciudad son los restaurantes, y el Club Campestre, que estaba a punto de desaparecer y ahora está en remodelación. Aquí ha faltado también filantropía, personas desprendidas que hagan donaciones. Hay personas de la comunidad árabe con muchísimo dinero, pero no han aportado nada a la comunidad: no han hecho una escuela, un centro cultural ni han promovido la cultura árabe. En otros países, como en Chile o en Brasil, las comunidades donan para hacer un museo, un centro cultural, para intercambio de estudiantes, para publicaciones de libros. Muchas personas de la comunidad han querido publicar, pero no han tenido apoyo.

Hace seis años empecé una expedición por las costas de Colombia para hacer un inventario de los caracoles de profundidad en el mar Caribe colombiano. Ya el libro está terminado, lo mandé a Italia porque allí hay un montón de editores interesados, que no encontré en Colombia. Esto es un aporte científico porque son más de 100 caracoles nuevos que he descubierto para Colombia y para el mundo, de los 1.600 clasificados en el país. Cuando comenzó el colegio Colombo Árabe me acuerdo de que la ilusión era que la misma comunidad matriculara a sus hijos porque se les iba a enseñar el idioma y las costumbres árabes. Pero no fue así. Talel Karawi su fundador, creía que este iba a ser el colegio de la comunidad, y que en torno a él se haría una mezquita, un club. La sorpresa es que después de fundado el colegio, nadie en la comunidad le dijo: “—Mira Talel, voy a apoyar, voy a meter a mis hijos, es un orgullo que haya un colegio que se llame el colombo árabe”. Nada de eso pasó. Los árabes aquí pasaron levemente por la historia como pasaron los alemanes, los franceses, las otras migraciones.

En Barranquilla, y en este país, ocurre algo muy particular y es que la gente aquí se mezcla muy rápidamente y se adapta al nuevo medio, abandonando su legado cultural. El trópico produce esa transformación que no ocurre en otros países latinoamericanos. Por estar en la línea del Ecuador, quizá, el trópico ha hecho que las personas no se aferren a sus raíces, sino que las dejen y asimilen la nueva cultura.

SKN: ¿Qué es lo más difícil o lo más doloroso de ser un colombo-árabe?

EY: Hace 60 años sí era difícil, hoy en día no creo que los colombo-árabes se sientan discriminados. Se han integrado totalmente a la cultura, a la ciudad, por lo que mencionaba antes. Pienso más bien en la falta de orientación cultural, del reencuentro con sus raíces de las nuevas generaciones. Si la “segunda oleada” no hizo nada, la “tercera” no tiene dónde fijar la cultura para transmitirla a la cuarta y quinta generaciones. Fuera de los apellidos y de la comida, aquí los árabes pasaron y no dejaron absolutamente nada fuera del desarrollo industrial y comercial. Lo cultural ha sido la parte débil de esta migración.

SKN: ¿Y lo más gratificante de ser colombo-árabe?

EY: Hombe, lo más gratificante es sentir que uno pertenece a dos mundos paralelos. Eso te da una perspectiva de ver las cosas desde dos puntos de vista, desde dos ópticas diferentes, de conocer dos idiosincrasias y dos culturas que aquí se han fusionado. Creo que se ha ganado libertad de pensamiento, que no se tenía con la primera y la segunda oleadas; esa posibilidad de hablar libremente sobre el mundo árabe. Antes se decían las cosas con temor, por miedo a ser discriminado. Hoy en día, Colombia ha sido uno de los pocos países en el mundo que ha abierto sus puertas no sólo a los árabes, sino a diversas culturas que se han integrado perfectamente gracias a la hospitalidad de los colombianos. Se están recogiendo esos frutos porque hay un gran número de descendientes colombo-árabes, que superan en esta ciudad los 30.000, pero todavía no se ha explotado el potencial de esta población. Se podría crear, por ejemplo, una cámara de comercio colombo-árabe con el fin de traer empresarios. Hay un mundo allá de más de 600 millones de personas que tienen poder adquisitivo y Colombia no ha aprovechado esta migración para crear nexos con el mundo árabe.

SKN: ¿Cómo le ha enseñado el amor por lo árabe a su descendencia?

EY: Eso lo ven en casa. Lo que uno les enseña son las buenas costumbres, el respeto a la familia, a los mayores, que son los pilares fundamentales. De resto, las costumbres, la comida, son cosas que ellos se van formando. Pero lo más importante es el respeto, la hospitalidad, que es muy de los árabes. Fuera de eso es muy poco lo que uno puede inculcar porque no existe siquiera una cátedra árabe, como hay en muchas universidades de Suramérica, donde uno pueda decirle a los hijos que vayan a hacer un curso de seis meses sobre la cultura árabe. Hoy en día viajar es más fácil viajar, en 14 horas estás en cualquier país árabe; además de internet, las comunicaciones, los periódicos. Hay más facilidades de tomar esta descendencia y culturizarla, devolverle el amor a sus raíces.

SKN: ¿Qué hay del museo de ciencias naturales que piensa donar?

EY: Como colombo-árabe pues yo creo que el mayor legado que voy a dejar aquí en Colombia va ser la colección más completa de moluscos, los caracoles del mar Caribe colombiano. Es una colección que voy a dejar al gobierno colombiano. También el libro que estoy aportando de 1.600 especies para Colombia de las cuales hay más de cien que son primeras especies que se encuentran en Colombia. Ya la colección la tengo registrada en el Instituto Humboldt en Bogotá.

Yo aquí en Barranquilla intenté crear un museo de ciencias naturales. Lo dejé en el zoológico y duró allá tres años. No se dieron las condiciones porque el zoológico no se vio interesado, pero era otra de mis ilusiones porque tengo mucho contacto con todos los museos del mundo y podían donarme muchos fósiles, caracol, de insectos para crear el primer museo de ciencias naturales en Barranquilla. Esa es una frustración, pero tengo esa colección guardada y espero que algún día, si se dan las condiciones, sea otro legado que pueda dejar yo como colombo-árabe a la ciudad de Barranquilla.

martes, 16 de noviembre de 2010

El sabor de Palestina


Hasan Nofal salió de Palestina en 1967 y llegó a Colombia con la esperanza de obtener una mejor calidad de vida. Aquí conoció a su esposa y tuvieron cuatro hijos que han mantenido viva la cultura del mundo árabe que su padre les transmitió. Nofal, como muchos de los árabes que llegaron a territorio colombiano, se dedicó al comercio. Posteriormente, descubrió que su verdadera pasión era la comida. Considera que su restaurante El Khalifa es una embajada que representa dignamente la cultura del Medio Oriente. Afirma que la práctica es la que le ha dado la habilidad para la cocina y que el ingrediente más importante para que un plato sea exitoso es el amor.

Shadya Karawi Name: ¿Cómo fue su llegada a Colombia?

Hasan Nofal: El destino afortunadamente me trajo a Colombia en 1967. Cuando entré tenía una visa de estudiante y casi no me dejan de entrar. Éramos seis, los otros eran mayores y venían con otro tipo de visa. Yo me puse a llorar y cuando me vio el cónsul me dio la visa. Yo tenía un tío que vivía aquí y empecé a trabajar en el comercio. Vendía puerta a puerta, inicialmente en Bogotá y después en Boyacá. A los dos años de haber llegado abrí un almacén con unos amigos en la séptima con 18. Lo llamamos Almacén Libia y vendíamos ropa para dama y para caballero. En 1970 se fue uno de los socios fue para Estados Unidos y convinimos en que yo iba después. Saqué la visa, me fui para allá y me quedé tres meses. Toqué puertas en Nueva York, en Detroit, Michigan. Después salí por accidente a la frontera con Canadá y no me dejaron volver a entrar. Me tocó regresar a Colombia y seguí con el almacén. En 1973las cosas estaban un poco difíciles en el comercio y cambié el almacén por un restaurante.

SKN: ¿En donde abrió el restaurante?

HN: En la carrera 7ª con calle18, en 1973. Duré ahí hasta 1984, cuando decidí abrir un restaurante. Así empezó El Khalifa, y actualmente es un centro de encuentro que representa a la cultura árabe y a la cultura del medio oriente. Es algo muy representativo y yo me siento muy orgulloso por ser árabe. Gracias a mi restaurante mucha gente ha conocido la cultura, las costumbres y la comida árabe, libanesa, siria o palestina.

SKN: ¿Cuántos restaurantes hay hoy en día?

HN: Restaurante solo tengo el de la carrera 11 con calle 88. De comida rápida tengo cinco que están en centros comerciales. El más nuevo está en el centro de Bogotá, cerca al Palacio de Nariño.

SKN: ¿Por qué eligió el nombre de El Khalifa?

HN: El Khalifa es como el jefe espiritual en los califatos árabes en la historia, el califa Omar, el califa Ali. Es un nombre espiritual, pero también bonito, llamativo y no es difícil de grabar.

SKN: ¿Cómo fue el comienzo de El Khalifa?

HN: Fue excelente este negocio, todo un éxito. Llegaban de 200 a 300 personas diariamente. Aquí en la carrera 11 llegaban los carros y parqueaban en ambos lados. Venía gente importante de toda la ciudad, como políticos y diplomáticos. Mucha gente preguntaba sobre la comida árabe y pedían consejos sobre qué pedir.

SKN: ¿Quiénes son esas personas que se reunían y se siguen reuniendo aquí?

HN: Árabes y colombianos. Ministros, parlamentarios, intelectuales, embajadores, paisanos. Aquí han venido todos los ex presidentes, desde Misael Pastrana, Alfonso López, Julio César Turbay Ayala, Belisario Betancur, Ernesto Samper, César Gaviria.

SKN: ¿Qué platos piden por lo general?

HN: En las costumbres árabes nos encanta tener una buena mesa libanesa. Lo llamamos el Mezzá, que consiste en babaganoush, tabbule, tahine, quibbe frito y quibbenaye.

SKN: ¿Quién elige los platos?

HN: Yo los elijo porque tengo mucha experiencia y tengo el don de saber de cocina. Ya llevo 35 años en esta profesión y no me dedico sólo a la cocina árabe o libanesa, también preparo comida internacional, francesa, italiana, española, hasta nacional: ajiaco, sancocho. El sabor, la calidad, todo es importante para mí. Uno a veces dice: quiero hacer ajiaco, pero no sabe de la calidad de la comida. Mucha gente cree que sabe cómo hacer el arroz de almendra, el tabbule o el quibbenaye, pero realmente no saben porque es la práctica lo que a uno le enseña.

SKN: ¿Cómo escoge la música y las decoraciones del restaurante?

HN: Es una cuestión cultural. Cuando uno trae una lámpara del Medio Oriente, quiere ponerla aquí, en Bogotá. Es nuestra casa y así como el quibbe o el tabbule también está la decoración. Las lámparas, las bandejas, las jarras de café, las narguiles, todo eso representa la cultura. Este restaurante es más como una embajada, un rincón árabe en el corazón de Bogotá. Mucha gente me dice que no tengo un restaurante sino un museo porque cuando viajo traigo cosas del Medio Oriente. Antes mucha gente decía: “los turcos”, pero eso ha cambiado. La gente ya sabe que un turco es de otra nacionalidad, con idioma diferente, una cultura diferente.

SKN: Además de la comida también hay espectáculos...

HN: Sí. Yo antes traía bailarinas de danzas árabes de Argentina, de Estados Unidos. Ahora hay muchas escuelas en la ciudad donde se consiguen muy buenas bailarinas.

SKN: ¿Cada cuánto se hacen los shows?

HN: Antes eran todos los días, ahora sólo los fines de semana, y cuando hay bastante gente.

SKN: ¿Sus empleados son árabes?

HN: Soy el único árabe, pero ellos llevan entre 20 y 35 años trabajando conmigo. Yo los he entrenado, también les enseño el control de calidad.

SKN: ¿Cuál es la importancia de la comida para el mundo árabe?

HN: La comida representa una historia milenaria. Es una comida sana y profética, que va desde Adán, hasta Noé, hasta Jesús, hasta Mahoma.

SKN: ¿Cómo aprendió a cocinar?

HN: Practicando. Haciendo las cosas lo mejor posible, como en cualquier profesión y poniéndole amor.

SKN: Y específicamente la comida árabe ¿quién le enseñó a hacerla?

HN: La práctica. Yo leía los libros, hacía las cosas, tenía el gusto, el paladar. Es importantísimo, no solo saber hacer las hojas de uva, o rellenarlas, es también tener el gusto. Hay mucha gente hace comida árabe y no tiene sabor.

SKN: ¿En su casa cocina?

HN: Cuando toca cocinar, también.

SKN: ¿Y su esposa e hijos también cocinan?

HN: Sí, claro también cocinan. De mis hijos, hay dos que lo hacen muy bien. Uno estudió en el Instituto Cordon Bleu en Estados Unidos.

SKN: ¿Por qué eligió la cocina como profesión?

HN: Fue por el destino o la suerte porque yo no sabía de comida. Al principio sufrí mucho, pero tuve chefs que me enseñaron.

SKN: ¿Cuál es su comida favorita?

HN: Yo no soy exigente para las comidas. Prefiero comer aceitunas con pan árabe, un queso y un vaso de té. Me encanta. Al comer aceite de oliva, manaesh ma zaatar, me siento mejor que comiendo una langosta al termidor.

SKN: Cuéntenos la receta secreta para hacer un plato árabe.

HN: ¿Tabbule? Es la más fácil: picar tomate, perejil, cebollín, limón, aceite de oliva, hierbabuena y sal al gusto. Mucha gente le echa aceite cualquiera, pero si al tahine o al tabbule no le echas el aceite de oliva no queda igual. Mucha gente lo hace por economizar, pero las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas. Esa es mi recomendación.

SKN: ¿A qué sabe el mundo árabe?

HN: El mundo árabe sabe a tristeza. Uno ve en el mundo árabe una gran cultura, una gran riqueza y ve la desunión que existe al mismo tiempo y piensa que las cosas podrían ser mejores. Es un mundo árabe dividido y eso es doloroso porque hay gente muy capaz y muy inteligente. Yo tengo esperanza, pero es el destino y uno nunca sabe qué puede pasar.

SKN: ¿Cómo ve la situación de Palestina?

HN: En 1948, cuando Palestina fue partida en dos estados, uno palestino y uno israelí, nos sacaron de nuestra tierra. Hoy en día estamos dispersos por el mundo y muchos no pueden regresar a sus casas. Hay nueve millones de palestinos que nunca se han vuelto a sus tierras. Ese es el crimen del siglo XX contra una población que no tiene que ver nada con los europeos. Los judíos, en su momento, fueron masacrados por los europeos, por los nazis, y somos ahora nosotros quienes pagamos por la tragedia vivida por el pueblo judío. La presión mundial hace que mucha gente piense que los palestinos son terroristas, pero la realidad es muy distinta. Es difícil cuando uno tiene una casa, cuando tiene una granja y lo pierde todo porque llega un extraño de Polonia, de Checoslovaquia o de Rusia que se lo quita. Nuestras raíces siempre han sido allá. Ahora son los judíos los dueños de la tierra y nosotros somos los extraños. Muchos palestinos viven en campos de refugiados en el Líbano, en Siria, en Jordania, en los Emiratos Árabes, en el Golfo Árabe, en las Américas. Belén, anteriormente, tenía una población cristiana del 40 por ciento. Hoy en día hay tan solo el uno por ciento. ¿Por qué? Por la presión, por la ocupación. Nos ha tocado emigrar a todos. Antes en Palestina nunca tuvimos diferencias ni discriminaciones religiosas. Vivíamos todos juntos, judíos, cristianos y musulmanes.

SKN: ¿Cuántos años tenía cuando salió de allá?

HN: Yo tenía unos 19 años y tengo 43 años de estar en Colombia.

SKN: ¿A quién dejó en Palestina?

HN: Tenía a mis papas, pero ambos fallecieron. Tengo allá a cinco hermanos, sobrinos, primos y muchos otros familiares.

SKN: ¿Por qué emigró usted y ellos no?

HN: Mi papá iba a emigrar en 1910 a Honduras. Tenía la maleta, la visa y todo listo, entonces su mamá se puso a llorar toda la noche. Al otro día mi papá se echó pa´ atrás y decidió que no viajaba.

SKN: ¿Cómo tomó su familia el que usted quisiera emigrar?

HN: Súper bien, pero cuando uno deja la familia, así uno vaya a traer todo el oro del mundo, extraña a sus seres queridos. Uno a veces busca una migración para mejorar su nivel de vida, pero sufre mucho y pierde el contacto con la familia. Eso es lo positivo y lo negativo de la migración, porque no todo es plata en la vida.

SKN: ¿Cada cuánto vuelve a Palestina?

HN: Yo voy cada año o cada dos años y me quedó dos meses en Palestina.

SKN: ¿Tienen casa allá?

HN: Tenemos casa, olivo, tierras, de todo. Actualmente tenemos unas tierras y nosotros no podemos llegar allá porque los colonos judíos no nos dejan.

SKN: No puede acceder a sus tierras.

HN: No. Cuando estuve allá el año pasado intentamos llegar por una carretera, pero ahí están los colonos y si uno pasa lo matan. Hay muchas amenazas y uno tiene que pasar por las montañas para llegar a sus tierras. Lo que ocurre con esas tierras es que están muy cercanas al territorio israelí. No hay ningún tipo de seguridad porque el ejército israelí siempre nos echa la culpa.

SKN: ¿Que siente cada vez que llega y se encuentra con esa situación?

HN: Lo condeno. Siento mucho dolor. Siento que algún día será nuestra.

SKN: ¿Que Palestina será libre algún día?

HN: Sí. Yo creo que algún día tenemos que regresar de nuevo. Ellos esperaron 3.000 años, nosotros apenas llevamos 62. Pienso que ellos ni siquiera van a durar los 100 años, porque con todo lo que está pasando en el Medio Oriente, tengo la esperanza de algún día regresar a nuestra casa.

SKN: Cuando viaja, ¿cómo es el recorrido del viaje?

HN: Yo viajo de Bogotá a Paris, de Paris a Amman, de Amman a Puente Allenby, después a Ramallah o a Jerusalén. Es un recorrido bastante largo.

SKN: ¿Por avión?

HN: No, hasta Amman llegamos en avión, después hasta Puente Allenby cogemos un taxi y de ahí un autobús que llega a la parte israelí y de allá cogemos un taxi.

SKN: ¿Observa una diferencia muy marcada en la forma cómo viven judíos y palestinos?

HN: Bastante. Usted sabe que estamos bajo un colonialismo, bajo un imperialismo. Hay 650 retenes. Antes, cuando nosotros íbamos desde nuestro pueblo hasta Ramallah eran 10 minutos en carro; ahora uno tiene que andar dos horas dando vueltas para llegar. Hay muchos retenes y divisiones. Lo paran, revisan el carro, el pasaporte. El año pasado quería pasar a Jerusalén porque tenía a una familiar y no me dejaron pasar. A veces hay toque de queda, no hay tranquilidad, no hay libertad, a veces ni siquiera puede trabajar.

SKN: ¿Qué hace allá durante esos dos meses de vacaciones?

HN: Nos quedamos con los amigos y con la familia. Uno la pasa muy bien. Externamente, con la ocupación es una tragedia, pero internamente con la familia es muy bueno. Uno visita a los sobrinos, a los primos y eso me pone feliz. También visito a un hermano y a una hermana en Jordania que no pueden regresar a Palestina.

SKN: ¿Hace cuánto no están todos los hermanos juntos?

HN: Hace unos 15 años, porque a veces unos pueden ir y otros no. Hay gente que lleva separada hasta 20 o 30 años. En mi familia somos afortunados porque tengo pasaporte colombiano, pero y algunos no han podido ver a su familia desde hace 60 años. Hay familias que están divididas; yo tengo gente amiga que vive en Nazaret y que tienen familia en Jordania o en el Líbano y no los ven hace 62 años.

SKN: ¿Con quién viaja?

HN: A veces con mi señora y mis hijos.

SKN: ¿Cuándo viaja quién se hace cargo de El Khalifa?

HN: Los empleados.

SKN: ¿Su esposa es colombiana?

HN: Es hija de árabes.

SKN: ¿Como fue conocer a una descendiente de árabes en Colombia?

HN: Yo también tenía almacenes en Cúcuta. Allá conocía a mi señora en 1978 y tengo cuatro hijos con ella.

SKN: ¿De qué forma se le transmite a las futuras generaciones el amor por lo árabe?

HN: Transmito siempre la unión familiar. En Occidente no ven que los árabes somos muy familiares, que valoramos la amistad. La unión de la familia es importantísima y uno puede transmitir y hablar de mi cultura, de mis antepasados, de mis comidas, de cuando salí de Palestina, de cuando era niño. Hablo de todo lo que nos pertenece y eso nos lleva a inyectarles a los hijos el amor por la cultura árabe. La religión para nosotros también es fundamental.

SKN: ¿Sus hijos también trabajan en el restaurante?

HN: Sí, dos de ellos. Uno trabaja en el comercio y otro vive en Estados Unidos. Estamos pensando también en traerlo para estar toda la familia unida.

SKN: ¿Qué tiene usted de colombiano y qué de árabe?

HN: Siento mucho a Colombia porque yo llegué muy joven. Le agradezco a este país porque aquí hice muchos amigos. Me gustan los paisajes, la gente que es verdaderamente amable. De árabe tengo mis vínculos, tengo a mi familia, nací allá, mi cuna es el Medio Oriente. Me gustaría mucho estrechar esa relación entre el mundo árabe y América Latina.

SKN: ¿Cómo aprendió el idioma?

HN: Practicando con la gente. Yo no iba a ningún colegio. Cuando llegué, aprendí español comprando El Tiempo y leyendo. A mí me gustaba la política, entonces siempre leía lo que pasaba en el mundo.

SKN: ¿Cómo lo recibieron los primeros colombianos con los que se encontró?

HN: Excelente. Al principio uno tiene dificultades por el idioma, por la comida, pero la gente siempre ha sido muy amable. Me abrieron sus casas, me invitaron a comer. No fui rechazado nunca y siempre digo que Colombia es un país culto y educado.

SKN: ¿Cómo obtuvo la nacionalidad colombiana?

HN: Yo obtuve la nacionalidad colombiana en 1980. Tenía muchos amigos políticos que me ayudaron a sacarla. Después ayudé a muchos árabes libaneses, palestinos y sirios que vivían en Maicao, San Andrés, Cúcuta y Bogotá a sacar la nacionalidad y residencia colombianas.

SKN: ¿Por qué consideraba tan importante que adquirieran la nacionalidad?

HN: Porque si uno ha vivido en un país, pertenece a un país, debe tenerla. Es el derecho internacional y uno ya tiene vínculos aquí. Muchos se han casado en Colombia, han vivido aquí, tienen sus hijos.

SKN: ¿Qué es lo más difícil de ser un colombo- árabe?

HN: La desunión que existe entre los árabes. Nosotros trabajamos individualmente y con la unión podemos hacer muchas cosas, como un mayor intercambio entre América Latina y el mundo árabe. A veces somos muy egoístas y nos falta ser más abiertos entre nosotros.

SKN: ¿Y lo mejor de ser árabe y colombiano al mismo tiempo?

HN: Tener las dos culturas y poder hacer vínculos, intercambio cultural, comercial. Es la posibilidad de mostrarle a Colombia el mundo y la cultura árabe.

SKN: ¿Cómo quisiera que lo recordaran?

HN: Por mi amabilidad. Yo soy una persona muy amable, muy atenta, muy diplomática y me gusta atender a la gente.